sábado, 30 de mayo de 2020

20 Preguntas a los que escriben - Cezary Novek

Reviviendo el blog —ouija de por medio—, retomo con el acoso a gente interesante para que, a punta de pistola, responda mi cuestionario estandarizado.
Hoy le toca un amigo, el más cercano que me dieron las letras: Cezary Novek. Podría ser campeón mundial de asados, pero se dedica a escribir, a la docencia y al periodismo.
Mil gracias amigo!


CEZARY NOVEK (La Paz, Entre Ríos, 1982). Docente y periodista freelance. Coautor de El vaso ruso. Verdad\ compromiso y batahola (Postales japonesas, 2010) y Letra muerta. Una novela en la argentina post-apocalíptica (Llanto de Mudo, Fan, 2012). Autor de Ropa Sucia (2011), Comidos (2014, La Sofía cartonera, UNC), Los colores que no vemos (2015, Colección Leer es Futuro, Ministerio de Cultura Presidencia de la Nación), La configuración del silencio (Contamusa, 2018) y Cada día es un pájaro que se muere (Color Ciego Ediciones, 2019). Participó de las antologías Mala sangre (Colección Pelos de Punta, 2015), Muertos (de amor y de miedo) (Ediciones de la Terraza, 2016) y Literatura barata y discos de goma (Cuentos Criollos, 2017), Mare Monstrum (Austrobórea, Chile, 2017) y El foso. Historias desde el abismo (Austrobórea, Chile, 2018). Colabora con los diarios Hoy Día Córdoba y Marcha Noticias, entre otros. Su blog es El Sórdido Tópico.





1- ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿Qué hay primero? ¿Un lector que se transforma en escritor, o un escritor que se transforma en lector?
Por lo general, leer mucho te lleva a querer intentar producir algo propio. No imagino otra manera. Pero hay excepciones: Manuel Puig se nutrió más del cine y del radioteatro que de la literatura escrita. Y debe haber otros que no recuerdo en este momento, pero son excepciones. Un escritor que no lee jamás será bueno en lo suyo, ya que debería reinventar toda la tradición desde cero y dudo que alguien pueda ser tan longevo como para realizar semejante trayecto desde los comienzos hasta la actualidad y, encima, disponer de tiempo para crear algo nuevo.

2- Describime tu escritorio a la hora de sentarte a escribir un texto.
Es un rincón con un escritorio de pared, plegable, y una biblioteca que sigue hacia arriba. Hay un velador, la notebook, cuadernos, lapiceras y un panel de corcho en donde cuelgo listas de tareas pendientes, fechas de entregas y demás. En esa biblioteca tengo los libros que me llegan y que están pendientes de reseña. Una vez leídos y reseñados, van a parar a otra biblioteca. Ese es el lugar del que dispongo en la actualidad. En el plano de lo idea, creo que el mejor espacio de trabajo para mí sería una habitación vacía con una silla muy cómoda, un escritorio amplio y vacío con una máquina de escribir y papel. En esa habitación tendría que haber una gran ventana para disponer de buena luz natural. Aunque la presencia de libros y objetos me abriga con su compañía también constituye un elemento de distracción que me produce ansiedad. Pero me arreglo con lo que tengo.

3- ¿Cuánto hay de tu pedacito de barrio en tu escritura?
Depende. En algunos relatos utilicé mucho del paisaje del barrio en el que viví durante los últimos años de infancia y la adolescencia. Pero en general la historia dibuja por su cuenta el paisaje. Es funcional según el caso.

4- Todos los escritores recomiendan tomar talleres. ¿Por qué hay que tomarlos?
Nunca tomé talleres. No tengo nada en contra. En la época en que me moría de ganas por asistir, no tenía recursos. Y cuando comencé a tenerlos, no disponía de tiempo. Por diferentes razones se me ha dado la oportunidad de brindar charlas y talleres, así que tuve que salir al ruedo con muchas ideas, lecturas y ganas. El resto fue horas de vuelo. Creo que los talleres son útiles para adquirir herramientas, pulir la técnica y desarrollar un estilo propio. Son cosas que se pueden lograr en solitario, pero toma más tiempo. Entonces, la importancia de los talleres estaría en la posibilidad de acelerar ese proceso solitario a través de la lectura y la corrección mutua. Además, es un espacio en el que se puede interactuar con un autor que a uno le interese y que puede abrir puertas para mostrar la producción propia por fuera del taller.

5- ¿Cuál es el mejor consejo que te han dado como escritor?
Lea mucho, escriba mucho, corrija mucho. Repita hasta que salga algo decente.

6- ¿La mayor alegría literaria que has tenido?
Cuando me llega algún comentario de algún lector que no conozco en persona ni por redes sociales. Siempre es una alegría.

7- ¿Qué escritor te robó una idea antes de que se te ocurriera?
No creo en la posibilidad de robar ideas. Es decir, aunque te pudieran robar una idea no te pueden robar la fábrica de ideas. Si le das la misma consigna a dos personas diferentes, van a escribir dos obras diferentes. La idea la puede tener cualquiera. Pero el valor está en llevarla a cabo. Y en el proceso interviene el bagaje de cada uno, además de que la historia puede cobrar vida propia y llevarte para donde quiera. Así que no, no creo que eso sea posible. Sí me ha pasado de leer algún libro en el que identifico algo que me hubiera gustado hacer pero ya otro lo hizo antes.

8- ¿Qué se siente haber terminado un texto?
Satisfacción, vacío, euforia, agotamiento, realización, dudas. Todo eso junto se va equilibrando durante el proceso de corrección. Cuando eso termina, que nunca termina pero digamos que uno publica para cortar con el asunto en algún momento, se cierra una etapa y se siente cierta liviandad, como cuando hiciste backup y formateaste la máquina.

9- ¿Qué debe tener un buen texto?
Autenticidad, en el sentido de que el autor escriba porque lo siente y no para quedar bien con una corriente de moda. En segundo lugar, prolijidad. Si puede ser original, tanto mejor. Pero hay muchas historias que ya han sido contadas y cada tanto aparece alguien que la vuelve a contar de una forma diferente.

10- ¿Cómo es el lector ideal?
Alguien que disfrute con la variedad y la calidad. Curioso y exigente a la vez. Con la menor cantidad de prejuicios hacia géneros, temáticas o estilos.

11- Un buen escritor… ¿se expone sin tapujos? ¿O logra evadirse totalmente?
Sería imposible pronunciarse al respecto. Creo que un buen escritor hace lo que quiere y le sale algo interesante.

12- ¿Qué cosa está sobrevalorada en la literatura?
El compromiso político. El deseo de aceptación y pertenencia para con un cenáculo efímero. La literatura del yo.

13- Si llegaran los extraterrestres… ¿Qué libro les regalarías como muestra del genio humano?
Las mil y una noches.

14- ¿Qué diferencia hay entre tu primer libro, y el texto en el que estés trabajando ahora?
El primer libro era muy breve y medido. Ahora me estoy soltando más, perdiendo el miedo a explorar y ver a dónde me lleva la historia o los personajes. La diferencia es que con el tiempo aprendo a divertirme más en el proceso, a disfrutarlo.

15- ¿Qué rostro tienen tus musas?
No tengo musas. En todo caso sería ¿Qué música tienen? La música es un buen combustible para hacer viajes largos. Varía según el proyecto.

16- Al mejor estilo Frankenstein… armame un monstruo con partes de diferentes escritores.
Un autor que escriba poemas en prosa en esperanto.

17- Un libro que todos recomienden y que no te haya gustado.
Rayuela. Lo empecé a leer a los veinte y ya me habían secado la mente con él. No lo terminé en su momento, quizás algún día lo haga.

18- ¿Cómo sería un mundo sin libros?
Estamos camino a eso. Un mundo sin lectores es lo mismo que un mundo sin libros. Supongo que en unos años nos enteraremos.

19- Funda una nueva religión. A quiénes se adoraría. Cómo serían los rituales.
Detesto las religiones organizadas y cualquier tipo de grupo humano organizado. Básicamente, basta que haya tres personas para que uno de ellos se ponga en el rol de líder y los otros dos se peleen para ver quién es más amigo. Supongo que, sorteado ese obstáculo, haría un panteón de elementos de la naturaleza simbolizados en animales. Y para los rituales recurriría a los libros de Aleister Crowley. Me da muchísima pereza la sola idea de fundar algo.

20- ¿Qué título tendría tu biografía póstuma?
De nada.

BONUS TRACK- ¿Qué pusiste la primera vez que dedicaste un libro?
Si le gusta, preste. Si no, regale. Gracias por leer.


lunes, 18 de febrero de 2019

Feriando (anécdota)




Hace algunos meses en una feria me tocó compartir stand con un escritor bastante mayor que yo. Como la concurrencia era poca, empezamos a charlar.
No me vas a creer, pero todo lo que escribo sale todo-todito de mi imaginación, ya que no leo, comentó orgulloso.
Pensé —y pienso— que leer es la principal herramienta para la correcta escritura, y además no leer a contemporáneos es un acto de egoísmo a los colegas. No dije nada.
Después contó de su infancia en el conurbano bonaerense. Según él, cuando tenía 8 o 9 años, jugaba a la pelota en un descampado que supo pertenecerle a los hijos de Juan Manuel de Rozas —me dijo la localidad, pero no la recuerdo... tal vez Florencio Varela—. En un momento un tiro salió muy elevado, rompió un vidrio de un silo cercano y cayó dentro. Los  chicos subieron por las escaleras volutas hasta arriba y se metieron por una ventana. Lejos de guardar granos, o estar vacío, contó que todo el silo tenía bibliotecas amuradas en su interior. Bajaron por las escaleras caracol hasta el fondo, y al no encontrar la pelota, escogieron tres libros al azar y se los llevaron. Tenían la idea de venderlos para reponer el juguete perdido. Fueron hasta un anticuario de Avellaneda —sí, ésta localidad la recuerdo bien—. A estudiar los libros el comerciante empezó a hacer preguntas incisivas sobre dónde y en qué circunstancias habían conseguido esos tomos, y ante las respuestas titubeantes de los chicos decidió llamar a la policía. Se asustaron y salieron corriendo dejando los libros en el local. Contó que la siguiente vez que volvieron al campito estaba vallado por la policía, y que durante varios días falcon verdes preguntaron en el barrio por tres pibes que jugaban a la pelota en el descampado.
No te da la edad, dije.
Que no me da la edad para qué, preguntó molesto.
Para haber tenido 8 o 9 años durante el Proceso, respondí.
Quedó en silencio. Sacó cálculos con los dedos y me sonrió con una expresión que quería decir “me descubriste”.
Pero a que la historia estaba buena ¿verdad?  Retrucó.
Esta sí le di la razón.




sábado, 16 de febrero de 2019

Perfectos edificios azules

Me encuentro trabajando en mi próximo volumen de cuentos. El mismo se llamará La Contabilidad de los Cuervos. Se trata de un volumen de 9 relatos cortos y medianos.
Me invitaron a participar en la sección Cuentos de Verano del diario Hoy Día Córdoba (a mi entender uno de los dos mejores suplementos de verano). Para el mismo envié una versión corta de Perfectos edificios azules, uno de los cuentos de mi próximo libro. Espero les guste, en la página del diario pueden escuchar además el audiocuento.
Muchas gracias Cezary Novek por la invitación.

Perfectos edificios azules



Qué hace usted aquí, le gritó el viejo Pilkington a Guido. Saltó de la cama y se puso en guardia como un púgil cuando oye la campana. Cómo explicarle entonces, sabiendo que su senilidad lo disminuía de entendimiento, que su hijo, el que vivía en Nueva Zelanda, lo había contratado telefónicamente, que le dijo que seguramente no le quedaban más que unos pocos meses, y que pagó por adelantado por sus servicios.

Pilkington tiró maíz a las palomas y una bandada voraz aterrizó frente a ellos. Contó que en su época la plaza era más bonita que ahora, y que supo ser el centro de toda la vida social de la juventud. Dijo que todas las tardes los muchachos, formando grupos de no más de seis, daban vueltas a la manzana siguiendo el sentido del reloj, y las chicas hacían lo mismo en sentido inverso. Luego de haberse encontrado varias veces, en un juego de miradas cruzadas el pibe invitaba un helado a la chica. . La heladería era ahí, dijo y señaló un local de ropa, la atendía don Sorrento, el único en la ciudad que tenía una máquina para hacer hielo. Sus helados eran hielo picado al que le agregaba una jalea de gusto frutal. Había pocas variedades, cinco o seis gustos... y eso si el Tano estaba de buen humor, que era casi nunca. Don Sorrento agarraba, y aunque uno le hubiera pedido naranja o frutilla, el tipo le echaba limón para todos. A veces el jarabe le quedaba mal, poco dulce y súper ácido. Culpa de sus helados me hice fama de mal besador. Fue con una yugoslava recién llegada a la ciudad, su familia venía huyendo de la pobreza. Era muy bonita y hablaba poco castellano. Aquella vez le recité todas las cosas que un primo mayor me había aconsejado decirle a las chicas... ahora me doy cuenta que era inútil porque no me entendía. Apenas logré darle un besito, un pico como le decían entonces. Para apagar la vergüenza, la yugoslava le dio una generosa chupada a su helado de limón. Esa vez estaba más ácido que nunca. Era tan feo que, apenas chupó, encogió sus labios hacía arriba en un gesto de asco, dejando relucir sus encías como una yegua retobada. Los que vieron la escena se encargaron de hacerme mala fama, pero para exculparme sólo basta con decir que ese día el tano Sorrento estaba de mal humor. Guido pensó que el viejo no estaba tan mal como se lo habían descripto esa mañana por teléfono.
Frente a ellos pasó rengueando un linyera. Arrastraba una bolsa de arpillera. Pilkington lo señaló y gritó: mirá, un payaso. El tipo se dio vuelta y lo miró indignado, si no le contestó una grosería fue porque reconoció su mal estado. A los gritos empezó a pedir que le comprara lo que el payaso vendía. Guido intentó tranquilizarlo, pero el anciano se exaltaba más y más, al punto de que el linyera se volvió para ayudar a calmarlo. Tome, dijo y depositó en su mano un pedazo de concreto que sacó de un bolsillo. Era apenas más grande que una pelota de golf. Qué es, preguntó el viejo. Es una semilla de edificio, es mágica. La tiene que enterrar en una maceta grande y regarla mucho. En algunos meses, quizás un año, habrá crecido un perfecto edificio altísimo de muchos pisos. Pilkington la guardó en un bolsillo y empezó a aplaudir contento. Reía como un niño y le pedía a Guido volver a casa para plantar su semilla mágica.
El balcón del viejo era un cementerio de plantas. Habían docenas de macetas con apenas unas hojas muertas de un naranja quebradizo. Guido tomó una de tamaño mediano, arrancó el tallo seco y enterró el pedazo de concreto. Pilkington le echó agua. Luego lo bañó, le dio de cenar, se encargó de que tomara la medicación y lo acostó.

Primero asomaron las antenas y cajas de servicios, pero a escalas tan diminutas se confundían con astillas y raíces viejas de la maceta. El clima cálido de la estación y las lluvias favorecieron el crecimiento, y apenas dos semanas después de plantarse asomaba firme, perfecto y soberbio un edificio azul de 13 pisos. Sólo Pilkington creía en el milagro, su acompañante desconfiaba y se preguntaba dónde estaba el truco.
Guido le enjabonó la cara, y el viejo protestó que podía afeitarse solo. Lo dejó intentarlo, y se sorprendió, a pesar del temblequeo de su mano, lo bien que se las arreglaba. Cuando la cara de Pilkington quedó inmaculada, Guido descubrió una larga y añeja cicatriz. Sintió curiosidad por ella y preguntó su historia. Cuando tenía 18 años pasó el circo por la ciudad, empezó a contar y se tocó la cicatriz, como si el contacto con ésta lo ayudara a recordar. En ese entonces todavía éramos una ciudad pequeña y no era común recibir ese tipo de espectáculos. Fue un gran acontecimiento. Asistí, como todos los jóvenes de aquí. El espectáculo no estaba mal, pero nuestros ojos vírgenes le dieron un color mágico. En mitad del show apareció la equilibrista. Se trataba de la mujer más bella que vi en mi vida. Si acaso existía el amor a primera vista, fue eso lo que me pasó con ella. Su número era discreto, entraba a caballo parada en una pierna, pasaba por unos aros de fuego y atravesaba la gran carpa caminando sobre un alambre. Apenas terminado el show anduve paseándome por las tiendas hasta encontrar a la chica que me había deslumbrado. Ahí supe que se llamaba Janette. La visité durante las siete noches que el circo estuvo en la ciudad. Ella no desairaba mis cortejos, pero en todo momento me recordaba que la suya era una vida nómada, y que pronto se iría y tal vez en algunas funciones me olvidaría. En el último momento de la última noche, cuando nos despedíamos para siempre, ella me besó. Sentí que ese beso fue lo mejor que me había pasado en la vida. Pero no sólo yo la amaba, sino también otro hombre del circo. El tirador de cuchillos. Un hombre veinte años mayor que yo, que al ver que me besaba se puso loco. Nos separó tomándola del pelo e insultándola mientras se la llevaba. Con un grito le pedí que se detuviera y lo invité a pelear. La soltó, se giró hacia mí y me ordenó desaparecer. Entonces me arremangué las mangas de la camisa indicándole que pelearíamos. Sacó un cuchillo de la cintura, dijo que ese tiro era sólo una advertencia y lanzó. Me hizo esta cicatriz de acá, y se la repasó con el dedo indicando la trayectoria del cuchillo. Qué hice. Salté sobre el tipo para golpearlo. Sólo conecté el primer golpe, lo que siguió fue un monólogo de sus puños. Estaba casi inconsciente cuando oí el rugido de una fiera y dos bultos que rodaban cerca mío. Se había soltado el tigre de la compañía y furioso rastreó el aroma de otro macho alfa con quien pelear. Me levanté dificultosamente y huí de ahí. A pesar de la baja el circo continuó su gira. Algunos años después cuando volvieron asistí a la función. Llevé un ramo de flores pero Janette ya no estaba. Guido lo miró esperando que algún gesto delatara la veracidad o falsedad de la historia, pero el rostro del anciano era indescifrable. Era una buena historia y punto.
Afuera la noche caía y el balcón empezaba a iluminarse con las luces que salían de las ventanas del edificio azul de la maceta.

Sonó el teléfono. Guido atendió. Apenas escuchar que era su hijo desde Nueva Zelanda, Pilkington abrió los ojos y pidió que le pasaran con él. El enfermero informó brevemente cómo continuaba deteriorándose su salud, y cuando dijo que le pasaría con el padre cortaron.
Cuando mi hijo era adolescente se le dio por el ajedrez, empezó a contar el viejo como si quisiera justificar el corte de la llamada. Cerró los ojos porque le molestaba la luz de la lámpara. Era bueno. Al menos una vez al mes viajaba a algún campeonato. Una vez le pregunté quién era su ídolo. Pensé que contestaría que alguno de los grandes maestros rusos, pero no. Toni Marconi, dijo. Lo conocía de toda la vida. Había hecho primaria y secundaria con él. Era el tonto del curso, la fuente de bromas y burlas. Cómo podía ser que mi brillante hijo admirara a la persona más imbécil del mundo. Cuando le conté que lo conocía empezó a insistir con que se lo presentara. Busqué en la guía el número de sus padres y ellos me dieron su teléfono. Llamé. Se acordaba de mí, y por su tono sospeché que me guardaba algún rencor por alguna broma de otros tiempos. Le conté de la admiración de mi hijo por él, y propuso juntarnos para hacer una partida, y que así mi pibe podría observar y aprender algunos movimientos. Días después nos encontramos. A mi afectuoso y agradecido saludo respondió frío. Le estrechó la mano a mi hijo y anunció que lo que esa tarde aprendería no sólo le serviría para el ajedrez, sino para todos los aspectos de la vida. Sorteamos las fichas y me tocaron blancas. Abrí con un peón. Anunció Jaque Mate. Todavía no había movido y reclamaba la victoria. Le hice un gesto a mi hijo indicándole que estaba loco. Jaque Mate volvió a gritar, y de la cintura sacó un revólver y con un disparo convirtió la ficha del rey en cientos de ínfimos pedacitos de plástico que volaban por la habitación. Miró a mi pibe y le dijo que ese movimiento se llamaba Jaque Mate del estamos a mano. Se levantó y se fue. Yo había orinado mis pantalones. Dicho esto se durmió. Guido pensó que ningún hijo debería ver a su padre humillado y orinado.
Salió al balcón a fumar. En la maceta se escuchaba música. Se arrimó y adivinó que los ruidos salían del séptimo piso.

Pilkington dormía desde hacía varios días. Apenas tenía fuerzas para estar lúcido unos pocos minutos diarios. Su deterioro en esos cuatro meses había sido muy rápido.
Mi hermano mayor, a quien apenas conocí, dijo el viejo luego de terminarse el caldo, murió de un escopetazo. Tenía nueve años. Estaba jugando con una escopeta de caza y se le escapó el disparo en medio de la cara. Mi padre murió con la misma arma. Un par de inversiones arriesgadas en un país que vive de crisis en crisis pueden llevar a la quiebra a cualquiera. Él no tuvo la capacidad de asimilarlo y reponerse, y decidió terminar con su vida. Acababa de cumplir los sesenta años. Mi madre en cambio murió por la bala de una pistola. Nunca supe dónde la consiguió. Estuvo peléandola algunos años contra un cáncer, y cuando los médicos la desahuciaron decidió dejar de sufrir. Yo en cambio tengo guardadas dos balas en la recámara, explicó y señaló su bastón que descansaba en un rincón de la habitación. Cuando aparezca la parca le voy a meter un plomazo entre medio de las cejas. Yo no voy a morir. Qué pasará con la gente que vive en mi maceta si muero, quién los cuidará.
Guido lo ayudó a meterse en cama y le puso entre sus manos el bastón-escopeta. Se durmió enseguida. Apagó la luz y miró por la ventana. En el edificio de la maceta sólo había luces en los últimos pisos.

El rugido de unos escombros cayendo lo sobresaltó del sillón. Demoró unos segundos en recomponer su pulso. Eran las 4,44 de la noche. En un rato amanecería. Tal vez en Nueva Zelanda fuera mediodía. Se lavó la cara en el baño y salió al balcón a tomar aire. Tras unos minutos miró a la maceta. El edificio-planta se había desmoronado. Sus restos azules se esparcían por todo su espacio. Con el dedo buscó para ver si encontraba alguna semilla como la que les había regalado el linyera meses atrás, pero no tuvo éxito.
Entró y al tomarle el pulso al viejo Pilkington notó que empezaba a enfriarse.
Se echó en el sillón a esperar el sol. Gajes del oficio, pensó triste. En la mañana avisaría a su hijo. Afuera lo que quedaba de la noche teñía a todos los edificios de la ciudad de azul.


Juan José “Juanci” Laborda Claverie
(San Luis, Capital, 1980)
Comunicador Social (UNC y UNSL). Docente y productor en medios de comunicación. Llevó a cabo diferentes programas destinados a promover el arte nacional e internacional. Desde 2011 conduce Cuentos Criollos, programa radial sobre la nueva narrativa argentina, que es retransmitido en distintas emisoras de todo el país. Publicó en diversas antologías locales y en múltiples sitios web especializados en literatura argentina. Recibió premios y menciones en diferentes concursos narrativos. Coordinó talleres de redacción literaria para niños y adolescentes, y en la actualidad lleva adelante el Taller de Chapa y Escritura, destinado a público adulto. En 2018 publicó su libro de relatos, Historias e histerias sobre cabellos más fuertes que yuntas de bueyes, y la nouvelle El cirujano. La biografía del jugador más violenta de la Liga Puntana de Fútbol. Prepara su primer poemario y un nuevo volumen de cuentos titulado La contabilidad de los cuervos. Lleva adelante el sello Color Ciego Ediciones.
Juanci Laborda trabaja el relato breve desde diferentes lugares: el costumbrismo, la picaresca, lo fantástico. Con un trasfondo realista y casi palpable, flota en sus cuentos la melancolía de quien vivió intensamente y sobrevivió para contarlo con una prosa feliz, amable. Activo promotor cultural, consagra casi todo su tiempo libre a difundir la narrativa nacional contemporánea junto al staff de Cuentos Criollos, con quienes llevó a cabo las adaptaciones al formato audiocuento de la presente edición de los cuentos de verano.

viernes, 5 de octubre de 2018

Cosas que recuerdo/pienso mientras leo



Hace unos años, mientras transitaba los primeros pasos de una adultez a la que nunca terminé de llegar, pasé una noche con una mujer hermosa, cuya belleza —por más autoestima que tuviera— no podía compensar. El único registro de ese encuentro es mi memoria.
Esa noche me hizo creerme tantísimo mejor de lo que era, y para confirmarlo presumí durante un buen tiempo de haber tenido una única buena noche. No hubo heridos de consideración, pero mucho tiempo después quisiera que la tierra se tragara las palabras dichas.


Hoy empecé a leer El Montaje Obsceno de mi amigo, el escritor santiagueño, Claudio Rojo Cesca. En el cuento que titula al libro una profesora mantiene una relación con su alumno. No pude evitar recordar un caso viral de hace algunos años, también con protagonistas santiagueños, de igual trama. Al ver el video del escándalo, lejos de indignarme, pensé qué linda chica, demasiado bella para un partenaire tan fulero. Tanto me impresionó la hermosura de esa mujer que aún hoy recuerdo su nombre: Lucita.
¿Por qué se viralizó el video? Al parecer el 4 de copas quiso presumir de ser el semental de su barra de amigos y divulgó el video, así como se han divulgado otras tantas filmaciones de mujeres que no han escandalizado a la opinión pública.
¿Por qué no me escandalizó aquel caso? No sé. Alguna vez tuve la edad del pibe y entonces me hubiera gustado correr su misma suerte, sobre todo con una mujer como Lucita.
¿Qué fue de la vida de los protagonistas? Consulté a amigos santiagueños. De la profe nada se sabe. Aparentemente ya no vive en la provincia. El pibe no le interesa a nadie. Me reconforta imaginármelo mendigando afecto con chicas de su edad, mintiendo que ya aprendió la medida de las cosas, y siendo rechazado una y otra vez en solidaridad a todas intimidades destrozadas.
Nada... eso. Tenía ganas de contarlo.



La Bala

El  pasado 28 de Agosto, en el programa Nunca Se Sabe, conducido por Angie Pagnotta y Tommy Tow, propusieron la consigna "¿Cómo juega el azar en tu vida?", el mejor relato ganaba un libro sorpresa.
Y saben qué... Gané.
Les dejo el relato con que participé... y que curiosamente escribí íntegramente en el celular.



La bala


Ahora que lo pienso, nunca fui tan niño como esos meses: persiguiendo  chanchos a piedrazos y trepando árboles para comer fruta, que luego me provocaba tremendas diarreas.

Año 1989. Cuando se enteraron de que el cuarto hijo venía en camino mis viejos decidieron por fin ampliar la casa. Pero la megadevaluación de ese año paralizó la obra apenas empezada. O sea, quedamos sin casa (hecha escombros) y sin poder alquilar. Los familiares más cercanos no tenían espacio para albergar a una familia de cinco integrantes y medio...
Así fue como terminamos en una casa/chacra media abandonada en las periferias de la ciudad, propiedad de un tío lejano de mi mamá. Nuestros vecinos más próximos eran policías y reclusos de la penitenciaría. Cuando había una fuga, éramos la primera propiedad que revisaban. Algunos policías se habían aprendido nuestros nombres, y en las inspecciones a veces traían algunas de las golosinas que fabricaban los presos para mí y mis hermanos.
La casa era amplia. Me gustaba eso. Pero mis viejos renegaban que era fría, y que para calefaccionarla el hogar a leña no alcanzaba.
Además la casa tenía un montón de tesoros, en los muchos cajones olvidados encontraba todo tipo de herramientas o pedacitos de algo que servían para construir el imperio de mis juguetes. Así fue cómo encontré la bala. Sabía lo que era porque había visto varias en televisión, y supe que era real y mortal cuando noté su pesado frío en los dedos. La bala se transformó en mi juguete más preciado, tanto que cuidé celosamente que ni mis viejos ni mis hermanos supieran de su existencia.

Un domingo, aprovechando el hogar a leña, mi papá preparó un asado dentro de la casa. Se había empeñado en que lo ayudara. Disfrutaba tirando palitos a las brasas y viendo cómo se consumían. En algún momento quise ver qué pasaba si tiraba algún juguete. Supongo que arrojé una rueda de algún autito roto. Me encantó ver cómo se derretía. Tiré varios más hasta que me retaron y me mandaron a poner la mesa. Pero ver el naranja del fuego es algo que incluso hoy me encanta, y cuando no me observaban arrojé la bala a las brasas. Quedé un rato expectante, y como no pasaba nada me fui a jugar con mis hermanos.
Mi viejo servía la primera ronda de costillas cuando se escuchó un estruendo que nos ensordeció a todos. Algo había explotado en el hogar a leña. No sabían qué. Inspeccionaron las cenizas y no encontraron nada. Pero al girar vieron en la pared un orificio de bala a la altura de la cabeza de mi hermana.
No dije nada. Mis viejos no encontraban explicación alguna.
Cuando limpiaron la parrilla distinguí al casquillo oculto entre plástico fundido.
Recién unos días más tarde cuando los policías de la penitenciaría, nuestros buenos vecinos, realizaron una inspección de oficio me quebré y confesé mi culpa. Ese día no llevaron golosinas.

jueves, 9 de agosto de 2018

Poemas míos en La Glauce Baldovin

El colectivo Glauce Baldovin publicó unos poemas míos en su página.
Muchísimas gracias Joaquín Vázquez por la invitación a participar.
Le dejo lo publicado.


Credo


Creo en la bondad
y en el elemento humano de la máquina

No creo en religiones ni dioses
            sí creo en los milagros
            (porque lo vi jugar a Palermo)
            sí creo en la magia
            (porque lo vi jugar a Messi)

Creo que la sonrisa nos vuelve hermosos

Creo que existen tantas realidades como ojos ven el mundo
(y cuento las realidades de arañas y moscas
que tienen muchos)

Creo en el genio humano

Creo que la risa
de Álvaro y Clara
cura todos los males
y le da sentido al universo.

Creo que si todos tuviéramos
al menos una vez a la semana
una buena cojida
se terminarían las ganas de tratarnos mal

Creo que la música tiñe de belleza a todas las cosas

No creo en las ideologías políticas
ni mucho menos en los que en sus nombres
señalan al  enemigo

Creo en la intrascendencia de mi obra
y creo también
que escribirla habrá hecho más felices mis días

Creo que
            de alguna forma
todos estamos conectados
a través de un hilo dorado
que se le ocurrió a algún quemado

No creo en el bien
            ni en el mal
                        ni en el más o menos
son nombres puestos desde una subjetividad
(que no es la mía)

Creo que todos tenemos un doppelgänger
dando vueltas en un capítulo de los Simpsons

No creo en John, ni en Yoko,
ni en ningún Pop-Star
(en Jovanotti sí)

Y cuando miro al espejo
creo
que me vendría bien una afeitada

y bajar unos kilos.—




Febrero del 2000


Te regalo un Febrero del 2000
te regalo un peso pa' esa birra fría
o un tetra blanco con Sprite
que tomábamos sentados en el cordón de la vereda

Te regalo un Febrero del 2000
y te regalo ese rockanroll de 3 acordes
que tocábamos en la guitarra
que prometía para siempre libertad
mientras un cordobés con pelo de colores
llenaba estadios en la capital

Te regalo un Febrero del 2000
y te regalo discusiones maravillosas
sobre Matrix, El Cuervo y The Warriors
y sobre otras que vimos todos los de nuestra generación

Te regalo un Febrero del 2000
y te regalo un amor inolvidable de una sola estación
con el que cojíamos enamorados e inexpertos
y te regalo su nombre tatuado con tinta china

Te regalo un Febrero del 2000
y te regalo un placebo para sentirnos siempre jóvenes
algo que nos distraiga
de que ese reloj en la pared marca el fin del mundo
y sigue girando.—



La profe Porota


La profe Porota
que de su collar colgaba una bolsita de alcanfor
cuyo perfume la anunciaba en el aula
varios minutos antes
me diagnosticó insensibilidad estética severa
cuando me descubrió dibujando
un enorme pene en el pizarrón
que jamás
      /dijo
sería capaz de disfrutar la poesía

Hoy
a la salida de la escuela
nos sentamos con mi hijo en una plaza
a comer caramelos y tirarle maíz a las palomas.
Por la tarde
con la bebé
/ella con biberón y yo con mate/
vimos por la tele
ese milagro artístico llamado
gol de chilena.
En la noche
cuando los niños se durmieron
con mi esposa hicimos el amor
salvajemente
como dos adolescentes.

Ahora pienso en la profe Porota
y en su insoportable olor a alcanfor
que bajo tierra
y con flores pudriéndose en una botella de plástico
padece de insensibilidad estética severa
y es incapaz de disfrutar mi poesía.—




Mi Pablo Espinoza personal


Para mi próximo cumpleaños quiero que me regalen un Pablo Espinoza personal
ya le preparé la cama en el sofá
            (junto al perro)
pasaremos la tarde jugando al Sega
y escuchando un CD pirata de Bosques de Groenlandia
haremos cosas absurdas
[que justificaremos con cosas absurdas
que sólo nosotros entenderemos
en la noches saldremos a pasear por el barrio
saludaremos a los vecinos
y cuando una chica linda tenga la osadía de atravesarse por nuestras pupilas
Pablo  le escribirá un poema a su ausencia
y cuando esté en esos días en los que no sé cómo sentirme
él, tan sabio,
con bonitos versos me lo dirá
si queda bueno lo premiaré con cerveza
si no
¡ni áca!

Lo conocí
            [yo estaba borracho
lo saludé y le compré un libro
que leí varios días después
y estaba tan bueno que ahora
me encapriché…
¡Quiero mi Pablo Espinoza personal!


Le he pedido a un amigo de Jujuy
que en la misma caja en la que me manda amordazado al poeta
cargue unas máscaras de carnaval
unos libros de Alberto Elías Alabí
y un frasco de dulce de cayote

También
            [un amigo yanky
me manda en una caja con moño
a Peta Jensen
espero que mi Pablo Espinoza personal no se ponga celoso.—






Juan José “Juanci” Laborda Claverie nació en San Luis Capital, en 1980. Estudió la Licenciatura en Comunicación Social (UNC y UNSL). Se desempeña como docente y productor en medios de comunicación. Desde 2011 conduce Cuentos Criollos, programa radial sobre la nueva narrativa argentina, que es retransmitido en distintas emisoras de todo el país. Colabora con diversos sitios web y revistas sobre literatura argentina.
Publicó relatos y poemas en diversas antologías locales y nacionales,  y en múltiples sitios web especializados en literatura argentina.  En marzo de 2018 lanzó su primer libro de relatos “Historias e Histerias sobre cabellos más fuertes que yuntas de bueyes”, y en junio “El Cirujano”, relato largo de temática futbolística que sirvió de presentación de su propio sellos editorial Color Ciego Ediciones. Recibió premios y menciones en diferentes concursos narrativos.
Lleva adelante el blog: juancilabordaescritor.blogspot.com

lunes, 30 de julio de 2018

Buzos

El programa Nunca Se Sabe, conducido por dos genias como Angie Pagnotta y Soledad Hessel, propusieron la consigna "¿Qué experiencia tuviste relacionada al misterio?", el mejor relato ganaba un libro sorpresa. 
A decir verdad, no sólo las musas, la suerte y la fortuna han pasado de mí, sino también los fantasmas.
En mis años de estudiante en Córdoba tuve una amiga que vivía en estado paranormal. Así que conté cómo sus facultades místicas adivinaron el pasado de una ex.
Obtuve la primera mención...(Cebollitas subcampeón!)
Felicitaciones Emanuel Rosso, buenísimo tu relato.

NdA: Nadie resultó herido mientras escribía este texto.



Buzos

 

Con Momi nos conocimos en El Dante, un palacete del siglo XIX con treinta y tantas habitaciones, devenido en pensión de mala muerte, donde cada cuarto podía albergar hasta cuatro estudiantes.
Por las noches deambulábamos de habitación en habitación, buscando socializar, compartir unos mates, o con quien dividir a medias los gastos de la cena.
Así nos hicimos amigos.
La antigüedad y el mal estado del edificio despertaban todo tipo de fantasías, y pronto cada habitación tenía la historia de su propio fantasma. Los fines de semana era común que el Juego de la Copa se celebrase con docenas de participantes.
Por entonces Momi confesó que veía apariciones, buzos los llamaba ella. Se trataban de siluetas grises que se movían por los mismos espacios que nosotros, como si no estuviéramos. Según dijo empezó a verlos durante la pubertad. No estaba segura de qué se trataban, suponía que no eran fantasmas sino otro tipo de entes del mundo espiritual. Nadie la cuestionó, no queríamos ofenderla, pero sonaba a bolazo y era más divertido creer en almas en pena por los pasillos de la pensión.

Con A nos conocimos en un boliche. Nos caíamos mal, pero nos gustábamos y teníamos buen sexo. Al cabo de unos cuantos encuentros decidimos darle nombre a lo nuestro, nombre que aseguraba la exclusividad del otro. Los fines de semana salíamos a bailar y en las previas fue conociendo a mis amigos.
La primera vez que Momi la vio palideció. No noté su miedo hasta que varios minutos después advertí que no podía seguir el hilo de la conversación. Cuando pregunté qué le pasaba me llamó en privado.
—Hay una mujer detrás de A.
—¿Un buzo?
—No, una mujer. Una de unos treinta, está en pijama. No se despega de ella. Sabe que la veo y me hace señas.
—¿Y qué te dice?
—No sé, nunca había visto una aparición tan nítida. Tengo miedo. Esta noche no salgo. Por favor, cuando estés con A, no te arrimés a mi dormitorio.
Y se fue. No intenté convencerla de que se quede.

Cuando A me visitaba y Momi la cruzaba en los pasillos, se aterraba; incluso una vez que estuvo muy cerca suyo llegó a orinarse.

—Maté a mi mamá —dijo A tiempo después mientras fumábamos en la cama.
—¿Cómo? —Su frase me espabiló. No sonaba a chiste.
—Que maté a mi mamá. En realidad hice todo para que muriera. Tenía 8 años.
—Con esa edad no podés matar a nadie. Mucho menos a tu vieja.
—Sí. Lo hice. Soy mala.
No contesté.
—Cuando tenía 5 mi mamá se enfermó de los nervios. El tema es que el tiempo pasaba y se ponía peor. Y no sé por qué no la recibían en el loquero. Como lastimaba a los demás, y también se lastimaba ella, pasó sus últimos meses esposada a la cama. Una tarde volví de la escuela. Mi papá estaba trabajando y la empleada había ido al súper. Sabía dónde  mi viejo guardaba el revólver, y dónde las llaves de las esposas. No lo hice para terminar con su sufrimiento, lo hice porque sí, porque ya desde chica era mala. Puse el arma sobre la mesa de luz y la solté. Miraba dibujitos cuando escuché el disparo.
Lo dijo fría, sin inmutarse. No encontré palabras para decirle. Aunque sabía que al confesar eso por primera vez se liberaba de una gran carga, no me nació abrazarla. Le fallé como novio.

Un mes más tarde alguien me dijo que la había visto a los besos con un policía. Cuando la consulté y no me lo negó, terminamos.
Esa misma tarde, mientras quemaba varias fotos que A me había regalado de sus distintas edades, Momi se acercó a darme un abrazo de consuelo, y señaló una diciendo que esa era la mujer que había visto. En la foto se la veía a A de pocos meses tomando la teta.