domingo, 1 de abril de 2018

Casi domingo a la madrugada

Este relato lo escribí en el marco del Día Internacional de la Mujer, pero por distintos motivos no estuvo listo para esa fecha —y probablemente todavía necesita varios retoques—.
Sólo los protagonistas saben cuánto hay de real, y cuando de ficción. Yo ya lo conté, y eso no hace que me sienta mejor.


Casi domingo a la madrugada

 


Hay cosas que hice algún tiempo atrás y me avergüenzan y por eso, cuando alguien me las recuerda en tono jocoso, finjo olvido; pero hay otras que no pude hacer por impotencia o por falta de entendimiento, y el tiempo se encarga de recordármelas de una forma cada día más incómoda. Cada noticia similar que sale en los medios —y últimamente son muchas—, se encargan de recordar que todo pasa, que el mundo sigue girando y que el humano continúa su involución porque yo no pude hacer.

Aquella vez perdí la noche charlando a una minita —porque a esa edad y en el boliche todas eran minitas— que después de mucho insistirle me regaló un NO rotundo. De pura calentura gasté la guita del taxi en cerveza, total cuando la noche terminaba siempre encontraba un auto que me tirara en el centro. Y cuando comenzó a clarear fue cuestión de minutos hasta que me crucé con esos cuatro conocidos, amigos de un amigo, chicos-bien, chicos de doble apellido, chicos que me saludaron re bien porque yo también tenía apellido tradicional. Les comenté mi problema de movilidad y me ofrecieron asiento en el auto, pero que antes de dejarme en destino tenían que pasar por algún lugar para cagarse a trompadas. En el viaje me excusé de participar en la pelea argumentando que era muy cagón. Contestaron que no había problema, que no hacía falta otro, que cuatro contra uno era más que suficiente. Reí y ellos rieron también. Pregunté qué hizo el tipo y dijeron que estuvo mirándolos mal toda la noche. Pregunté cómo es mirar mal. Rieron y reí también. Estacionaron y bajamos. Prendí un cigarrillo. Preferí mirar de lejos. Tres se escondieron detrás de un árbol y uno tocó el timbre. Apenas el tipo asomó le saltaron encima y lo rodearon. Lo reconocí. Se trataba del peluquero amigo de mi ex, esa que para olvidarla tuve que romper todas sus fotos y cartas; no me importaba que también le rompieran un amigo. Lo insultaban, empujaban y escupían. En sus caras no se veía el dejo de violencia que los hubiera llevado a pelear, sino el goce por provocar miedo en el pobre tipo. Si la cosa no pasó a mayores fue gracias a un patrullero que pasaba por ahí y que con su sirena dispersó a los cuatro chicos-bien. Arrancamos de nuevo. Comenté que había que ser muy macho para querer pegarle entre cuatro a un peluquero, y me contestaron que no opinará porque no sabía nada, que si no había peleado nunca era por cagón. Reí y se rieron. Dimos una vuelta por el centro. En la parada vimos a dos chicas esperando el colectivo. Se notaba que tenían unos cuantos años menos que nosotros. No eran lindas. Vestían faldas tan cortas que dejaban poco a la imaginación y usaban el típico flequillo desmechado distintivo de los barrios más pobres. Los amigos-bien de mi amigo-bien —ergo: esa noche también eran mis amigos— no dijeron nada. Bajaron del auto y las encararon como un cardumen de pirañas. También bajé, también quería darle una última oportunidad a la noche. Todo bien muchachos, pensé, pero yo también quiero ponerla, y de seguro mi chamuyo es mejor que el de ustedes. Entre dos rodearon a cada chica, y con un lenguaje bastante cortito les halagaban la belleza. Punto para mí, volví a pensar. Les di un beso, les dije mi nombre, pregunté los suyos, y las invité a desayunar con nosotros a cualquier cafetería, ignorando el detalle que no tenía para pagar ni un vaso de agua. Agradecieron y dijeron que sólo querían esperar al colectivo para volver a sus casas. Pedí permiso para hacerles compañía mientras esperaban, y que si nos daban sus teléfonos las llamábamos durante la semana para ir al cine, pero no tuve respuesta. Los chicos-bien mostraban sus peores modales. A una le habían levantado la falda y, burlándose de la humillación que sentía, debatían si ese culo todavía era virgen; a la otra la atenazaban con movimientos pélvicos al unísono. Busqué sus miradas para decirles que la cortaran, que se ubicaran, que si seguían mandandose cagadas, esta noche no la ponía nadie. Una intentó zafarse del acoso e inmediatamente la disciplinaron con un empujón. ¡Che! ¡Basta! dije y uno me agarró de la remera invitándome a cruzar la calle. Si no te pinta andate a dormir, total ahora estás cerca de tu casa, pero no nos cagués la joda. Tartamudeando dije algo de las minas, un discurso que tenía más de repetición de lo aprendido de la abuela que de discurso justiciero, dije que yo, y que seguro ellos también, tenía una hermana, que no estaría bueno que a nuestras hermanas las tratasen así. Con pedagogía de salita amarilla me pidió que no sea pelotudo, que nuestras hermanas eran otro tipo de minas, que nuestras hermanas no esperarían el colectivo a la salida del boliche, que serían incapaces de usar la falda tan cortita y flequillo bailantero, que para garcharlas había que tener doble apellido, como nosotros, como ellas, que había que pasarlas a buscar con auto y llevarles una flor, sacarlas a cenar y después al cine, decirles cosas bonitas para endulzarles el oído, y recién ahí llevarlas al telo, que las de enfrente eran negritas, que con ellas los rituales de apareamiento eran diferentes, que ellas cojían con el macho alfa. Apareció el colectivo, las chicas hicieron el amague de levantar la mano pero al primer chistido de las pirañas lo dejaron pasar. Pedí que mirara las caras aterradas que tenían las minas, y pregunté si esas les parecían caras de querer garchar con ellos, y se me escapó un pelotudo. El sonido de ese insulto salido de mi boca hizo que los otros tres se me vinieran encima para insultarme, empujarme y escupirme, igual que como habían hecho un rato antes con el peluquero, pero a mí no vendría a salvarme ningún patrullero. Mientras trataba de encontrar alguna palabra que tranquilizara a los chicos-bien, miré enfrente esperando que las chicas huyeran, que se avivaran y rajaran; pero ese circo romano donde me tocaba hacer de la fiera sacrificada quedaba enfrente de su única vía de escape: la parada. Como pude me cubrí y soporté los primeros golpes en las costillas. En el momento oportuno empujé y tiré unos manotazos para hacerme camino en la huida.
Nunca supe cómo terminó esa madrugada.

Sí. Volví a cruzarme con esos tipos unas cuantas veces más en los boliches. Una noche se disculparon por los golpes, diciéndome que esa vez estaban muy chupados, y les mentí que estaba todo bien, que no había nada que perdonar, que jugando al fútbol tuve mil golpes más dolorosos que los que recibí esa madrugada… pero SÍ hay mucho para perdonar y mucho que no puedo perdonar, porque HOY, muchos años después, tengo una hija que se vestirá como ella quiera, y usará los peinados de moda de su tiempo. Aquella noche se ha vuelto cada día más latente y terrible, porque esa vez acosaron, toquetearon y humillaron a esas chicas que ya no me acuerdo cómo se llamaban, pero que pudieron haber tenido en nombre de mi hija, o el de mi hermana, o el de mi vieja, o el de Scarlett Johansson en Match Point, o llamarse Gilda como Rita Hayworth en la película homónima, o como Ginger Rogers en alguna con Fred Astaire, o Eva… o Lilith… o peor aún, llamarse: Alicia Muñiz, María Soledad Morales, Wanda Taddei, Ángeles Rawson, Melina Romero, Lucía Pérez, u como otras tantas que no tuvieron la suerte de que su nombre llegue a los medios; llamarse como tantas que, humilladas o resistiendo la humillación, dejaron este mundo.
Si por las infinitas posibilidades que da internet, alguna de las chicas que estuvieron aquella madrugada en la parada, alcanza a leer este relato, le pido infinitas disculpas por no haber sabido entender las cosas que avalaba en mi plan de Casanova de sábados, disculpas por no haber podido evitar que otros hicieran.


lunes, 5 de marzo de 2018

El Eguim (ver. 2017)

Este cuento fue escrito en 2008 y publicado ese mismo año en la antología anual del taller Alas Letras. En 2017 le hice unos toquecitos (lifting) para participar en la sección Cuentos Colgados del ciclo de lecturas De amor, locura y muerte, coordinado por la genia de Corina Vanda Materazzi. Espero que guste.



El Eguim

 
Nunca fuimos novios ni nada por el estilo, pero Lucrecia fue uno de esos romances de ocasión imposibles de olvidar. Romance de ocasión, que por cierto, se repitió indefinidamente a lo largo de los años. Nunca conseguimos una mínima regularidad que nos hubiera permitido darle un nombre a nuestra relación.
Me enloquecía esa mujer, no sólo por su cuerpo que aún conservaba sus formas adolescentes, sino por su personalidad alocada. En nuestra juventud mil veces le prometí dejar mis estudios de medicina para acompañarla en lo que ella quisiera. Nunca tomó mis propuestas, eso hubiera sido permitirme que la atara, ella era un espíritu muy libre, y yo… en fin, la palabra que me define es estructurado. Tantas otras veces le ofrecí, entre las sábanas de un telo, dejar a mi mujer por una vida con ella. Nunca aceptó. Nuestros encuentros se limitaron siempre al azar y a sus ganas; siempre estuve sediento de ella y siempre la esperé.
Con Lucrecia hice el amor en los lugares más absurdos: en la sala de terapia intensiva del hospital, en el baño de una sala velatoria o sumergidos en la fuente de la plaza, por nombrar sólo algunos. También recorrimos todos los telos de San Luis y algunos de Mendoza.
A lo largo de los años me planteé varias veces terminar con una relación que no tenía futuro, pero Lucrecia era indejable, sabía que seguramente pasarían un par de años y la próxima vez que nos encontráramos terminaría enredado en sus sábanas.
La última vez que estuvimos juntos fue en Mendoza. Habíamos ido un fin de semana a pasar una mini luna de miel. ¡Estaba tan bella! El sábado a la mañana recorrimos el centro. Lucrecia salió a pasear descalza, pese a mi insistencia no pude persuadirla de que se pusiera unos zapatos. Tenía ganas de regalarle un vestido o alguna joya, pero ella ignoraba cuanta vidriera yo le señalara. En cambio paraba en todos los puestos de flores y me pedía que le comprara alguna, y una a una, las iba depositando en sus cabellos. Caminamos por peatonal San Martín hasta el final, cuando nace la plaza Independencia. Ese día, allí, había una feria de gitanos donde vendían algunas chucherías, ropa, comida típica y entonaban canciones. Quise regresar al hotel, siempre había tenido una mala idea de esa gente, pero Lucrecia insistió para que paseáramos. ¿Cómo decirle que no? Nunca aprendí a decirle que no. Caminamos por los distintos puestos. Ella inspeccionaba alegremente cualquier objeto que allí se vendiera e interrogaba a los puesteros sobre las utilidades y costumbres de cada cosa. Me pidió que le comprara un rosario artesanal, un par de cacharritos de alfarería y hasta un diccionario de romaní que jamás abriría. Al final había un puesto de instrumentos musicales fabricados artesanalmente. Uno de los vendedores iba tomando cada pieza y les sacaba una melodía o bien se acompañaba con ellos para alguna canción. Disfrutábamos del espectáculo sentados en un banco de la plaza mientras comíamos unos bombones de uva. De repente Lucrecia insistió con que tenía que llevarme un instrumento, y como siempre no supe decirle que no. El puestero nos los fue enseñando uno a uno, y explicándonos su historia y su método de fabricación. Lucrecia quedó encantada con un sonajero de bronce llamado eguim. Medía unos veinte centímetros de largo y su parte circular estaba grabada con formas tribales. Según con contó el vendedor en su interior tenía una piedra pulida de la zona báltica, que era la que le brindaba esa sonoridad tan particular. No se trataba de un instrumento puramente gitano, sino letón, que se había introducido en esa cultura a través de las distintas migraciones que se produjeron durante la Primera Guerra Mundial. La tradición decía que el eguim tenía el poder de rememorar el sonido más bello de la vida de aquél que lo escuchara. A pesar de su precio excesivo, pagué lo que pedían por él y volvimos al hotel. Lucrecia me fastidió todo el camino de regreso haciendo sonar el sonajero en mi oído.
Al día siguiente volvimos a San Luis. Cuando nos despedimos, como ya era costumbre, no nos dijimos nada. Ambos sabíamos que era cuestión de tiempo hasta que nos volviéramos a cruzar, tal vez meses, quizás un año, dos; pero cuando nos encontráramos todo volvería a ser como siempre.

Ya han pasado doce años desde que nos vimos por última vez. Los primeros años no me preocupé, supuse que era cuestión hasta que el destino nos volviera a juntar en alguna esquina, pero los años siguientes la esperé con ansias y dolor; y aquel ruido metálico del eguim que tanto me fastidiaba hoy suena cada vez más parecido a la risa de Lucrecia.


martes, 20 de febrero de 2018

Claudita, la novia del Cadena

En junio de 2017 fuí convocado por Sergio Gaut vel Hartman para participar en la antología TODO EL MUNDO EN UN LIBRO. La misma reuniría a escritores de todo el planeta y los relatos no debían exceder las 300 palabras. Días atrás publicaron la selección de los cuentos seleccionados y el mío no había quedado (¡Cebollitas sub-campeón! ¡Cebollitas sub-campeón!). Igual, un placer enorme de haber podido mostrar lo que hago en un concurso donde participaron bocha de escritores que admiro, como el propio vel Hartman, Dani Frini -amigo personal-, o María Rosa Lojo. Muestro el texto escrito para la convocatoria. 

Claudita, la novia del Cadena

 

Me habían dicho que la mina más linda del baile era una tal Claudita, y que para colmo de bienes era encaradora. Pero tenía de novio —o ex que no terminaba de aceptar la ruptura— al Cadena Giménez, el capo de la barrabrava de Defensores. Contaban que el tipo se había encargado de mandar al hospital a todos y cada uno de los que se le habían arrimado a la Claudita. Incluso un primo mío había perdido dos dientes sólo porque al Cadena se le ocurrió que le había mirado el culo a la novia.

Cuando pensaba en qué buena suerte la mía, porque me había sacado a bailar la morocha más linda del mundo, un amigo se acercó y me comentó que esa que se movía sensual y pegadita a mí no era otra que la Claudita. Aterrorizado, pensando en las palabras que diría mi epitafio, corrí a esconderme al baño y no salí hasta que me avisaron que en el boliche no quedaba nadie. Al llegar a la esquina me lo crucé al Cadena Giménez que me estaba esperando, y apenas me reconoció empezó a golpearme con una llave inglesa.

Mi nombre pasó a integrar su lista de hospitalizados. Como autógrafo me dejó varios puntos en la cara y un brazo roto en cuatro. No le guardo rencor, ahora que la conocía pensaba que era fácil perder la cabeza por una mujer así, y creo que yo también habría hecho lo mismo con alguien que se hubiera encerrado toda la noche en el baño del boliche a hacer las cosas que hicimos con la Claudita.


Nota para Tren Insomne

Comparto una nota que me hicieron para la revista literaria Tren Insomne. Mil gracias Sole Hessel por la oportunidad. Pasen por la revista, que además de encontrar notas a gente mucho más interesante que yo, van a encontrar un cuento que escribí especialmente para la revista.... (y que recién cargaré en el blog el mes que viene.... sólo pa' joder)

EL VAGÓN DEL ESCRITOR

Se sube al tren: Juanci Laborda



¿Cuándo y por qué comenzaste escribir?
¡Uf! Supongo que fue un proceso que sucedió casi sin que me diera cuenta.
Tuve un tío abuelo, Dardo Neftalí Torres, que fue un escritor muy reconocido en mi provincia. De él es un título clásico de mis pagos "Mateo y el último michilingüe". Apenas aprendí a escribir hice un cuento titulado "Juanci y el último comechingón", donde como un dúo de superhéroes atravesábamos a flechazos a medio San Luis, y con especial saña a los pibes del colegio que me caían mal.
El secundario fue vital. Tuve una adolescencia súper hormonal, y a través de poemas re dark que jamás mostré a nadie encontraba la forma de acomodar las emociones. Una vez en la hora de Lengua la profe nos dio un respiro con el análisis sintáctico y nos propuso escribir un cuento para participar en un concurso intercolegial. Mi curso tenía algo especial. Obtuvimos los tres primeros premios. Mi cuento salió segundo. Ese fue un mimo,
Los primero años de universidad continué escribiendo de forma irregular, sobre todo guiones para cortos, comics y algunas canciones para la guitarra. Pero fue tras una ruptura amorosa, que le escribí un libro enteró a mi ex, donde a través de fabulas medias dolinezcas, le hacía todo tipo de reclamos. Por suerte, los flacos que alquilaban conmigo, aunque me felicitaron por mi escritura, impidieron que me humillara enviando ese libro. Creo que ese fue el click: que ellos me felicitaran. Aunque sabía de su afectuosa parcialidad para conmigo, los tenía como lectores criteriosos y su felicitación fue como si me indicaran "este es el camino".
Desde entonces adquirí regularidad con la escritura, tomé cursos de redacción, talleres y otras yerbas. Lo demás supongo que se dio como todo en la vida, fue golpear la puerta correcta.

¿De qué se nutre tu escritura?
Me gusta el relato realista. Supongo que se nutre de experiencias cotidianas.
Me considero más lector que escritor. Realmente me siento a escribir después de mucho buscar y no encontrar una historia que me haga vivirla. Por ejemplo, leyendo La música del azar de Paul Auster, a mitad del libro los protagonistas pierden todo su dinero en una partida de póker. Cuando pasó eso me agarró una bronca terrible. De sólo recordarlo me dan ganas de patear la mesa. No me importó que quienes lo hubieran leído antes me pidieran paciencia, que a partir de ahí el libro se ponía mejor. ¡Paul Auster no me podía traicionar así! ¡justo a mí! ¡qué tan identificado me sentía con su personaje!. Tiré el libro al carajo, y me senté a escribir qué hubiera hecho yo en lugar de Nashe. ¡Obvio! Mi relato duró apenas dos páginas más, pero me sentí reivindicado. Supongo que de eso se trata el relato realista. De "reivindicar". Como la vida no me va a alcanzar para vivirla de todas las formas que me gustaría, al menos me desquito escribiendo.

¿Tenés rituales a la hora de ponerte escribir?
Depende qué esté por escribir. Si es narrativa, no empiezo a escribir sin saber hasta dónde quiero llegar, o sea que me siento con la historia lista en mi cabeza, en el proceso de escritura, obvio, me puedo desviar. Para sentarme a escribir necesito muy poco: un ambiente con poca contaminación sonora o visual, un cuaderno y una lapicera. Me cuesta horrores escribir en digital. La hiperconectividad es una posibilidad infinita de dispersión. Se le puede agregar mate amargo o algo de música instrumental.
Si es lírica, anotó lo que me sale en el momento que me sale en lo primero que tengo a mano, que casi siempre es el teléfono celular. Después puedo tomarme la vida entera para pulirlo, o no. No sé por qué, pero casi todos mis intentos de poemas están escritos arriba del colectivo.

¿Hay algún tema que aún no te animaste a enfrentar con tu escritura?
Creo que de los temas que me interesan, he escrito sobre todos. Hay temas que me re interesan y estoy esperando la visita de alguna buena idea para sacarlos, como por ejemplo todos los nuevos vínculos que pueden generarse a través de las nuevas tecnologías, desde los amantes 2.0, la forma en que las fake new terminan moldeando la realidad y creando círculos de fanáticos, o las cyber-inquisiciones del pensamiento políticamente correcto.
Sí te puedo decir que hay temas sobre los que no volvería a escribir. Por ejemplo policial. Amo el género policial, pero él me odia. Otro, es el tipo de relato donde deje entrever alguna valoración propia sobre la realidad argentina o internacional. Obvio, no hace mucho fui joven y pensé que me las sabía todas, y que mi valoración del mundo era universal. Después la vida, con cinturón negro, me enseñó que la misión del escritor no es iluminar al mundo, sino entretenerlo... pa' iluminar está el farol de la plaza.

Te doy una bola de cristal para ver el futuro, ¿cómo te ves?
Supongo que igual que hoy. Con más títulos publicados, ojalá que con algún premio, y una editorial independiente ya funcionando.
De algo estoy seguro, al menos en mis pagos, se me recordará mas como divulgador de narrativa, que como escritor.

Hoy ¿por qué escribís?
¡Ja! Mucho escritores suelen responder a esa pregunta con "porque no puedo evitarlo". Yo sí puedo evitarlo, pero no quiero. Escribir me divierte, me hace feliz...
No me interesa la trascendencia de una obra. El que canta en la ducha, por más que sepa que lo hace bien, no canta para tener la guita de Bono o las fans de los Back Street Boys —a mí me encantaría tener ese público, je—, sino porque le gusta cantar. A mí me gusta escribir. Escribiría igual, aunque se extinguieran los lectores.






domingo, 18 de febrero de 2018

Una remera rockera (fragmento)

Muestro un poquito de un poema medio largón en el que vengo trabajando desde hace algunos meses.



Una remera rockera


(...)

Señor político
por favor continúe
con ese discurso tan progre
tan bonito
tan arenga de masas
que yo me esforzaré por olvidar
que nunca trabajó de otra cosa
que de parásito del pueblo
y miraré para otro lado
cuando en cámara salga luciendo
ese costosísimo traje francés
hecho con algodón
recogido por un niño famélico del Chaco
porque en los 90s
tuve una remera rockera
con un pelado estampado
qué decía:
el lujo es vulgaridad…
frase que
como su discurso
me conquistó.


jueves, 25 de enero de 2018

El susurro del plomo

Otro texto que surgió de un ejercicio de taller, con resultados aceptables. Había que anotar los párrafos iniciales de diferente textos que a uno le hubieran gustado, y luego continuarlos y resignificarlos. Escogí "Otra muerte del arte" de Fogwill, "El país de la últimas cosas" de Paúl Auster, y "El especto de Alexander Wolf" de Gaito Gazdánov. Muestro el texto que surgió de éste último.


El susurro del plomo


Nada influyó tanto en mi vida como la única muerte que cometí y cuyo recuerdo ha ido dejando su regusto amargo en todos mis días.
Gaito Gazdánov - El espectro de Alexander Wolf


   El revólver estaba tirado junto al cordón de la vereda. Los peatones pasaban junto a él y lo ignoraban como si fuera el envoltorio metalizado de un alfajor. Lo levanté y miré alrededor esperando que alguien lo reclamará. Nada. La gente continuaba su recorrido sin detenerse a pensar en el tipo que frente a ellos sostenía a la muerte. Era pesado. Lo sujetaba como un niño a un arma de juguete apuntándole a los peatones que pasaban por la vereda de enfrente. No sé si lo premedité, si pensé que apretando el gatillo liberaría a la enemiga de la vida, o si el cadete que pasaba en bicicleta tenía algo que me llamara la atención, algo que inconscientemente lo diferenciará del resto de la humanidad y me hiciera despreciarlo… pero le disparé.
   Algunas cosas que las películas de cowboys no cuentan. Uno: La contrafuerza que hace el arma que se dispara es mucha, y si no se sujeta bien ésta puede zafarse de la mano, caer al piso, y escurrirse por una rejilla mal cerrada de la vereda. Dos: El estruendo del disparo se asemeja demasiado al grito de silencio de un maestro a sus alumnos, y prepara el oído para apreciar el detalle del sonido del hueso rompiéndose, de la gelatinosa masa encefálica hundiéndose y reventando, y de las arterias explotando y a ritmo discontinuo dejando escapar la sangre. Poder notar esos sonidos que hace el cuerpo humano cuando la vida se escapa es una experiencia fascinante.
   Nadie se giró para verme, y recién notaron al tipo muerto cuando su cuerpo estropeó el paso vehicular.
   El asesinato pasó desapercibido por los medios más importantes, apenas un periódico de circulación gratuita le dedicó un recuadro mencionando el incidente.
   Durante el primer mes esperé paranoico a que la Policía, luego de que alguien dijera haberme visto, derribara mi puerta a patadas y me llevara. Pero nada pasó.
Con poco esfuerzo supe cómo se llamaba el pobre diablo, y no pude contener las ganas de visitarlo en su descanso final. Los nichos de su familia quedaban en la zona más pobre del cementerio. Había junto a su tumba unas flores frescas. Supuse que se las habría dejado su anciana madre o una novia con el corazón destrozado. No sé por qué, pero sentí ganas de orinarlas. Y lo hice.
   Al poco tiempo me anoté en el Tiro Federal y tomé clases. Cada vez que oprimía el gatillo revivía el momento glorioso en que la bala había salido de entre mis manos para quitarle la vida al pobre cadete. De sólo recordarlo me subía un fuego interno, sólo comparable con el de un orgasmo, que pedía con ansias quitar otra vida.
Luego de algunos chequeos médicos y psicológicos obtuve la licencia para la portación, y mi instructor, que tenía contactos en el Renar, me consiguió un 38 a buen precio.
   Desde entonces no hay un día que salga de casa sin llevarlo encima. Me gusta sentarme en las plazas y apuntarles con él a los niños que juegan en las hamacas. Me cuesta mucho resistirme al impulso de oprimir el gatillo. De momento todavía puedo considerarme humano, porque puedo superponerme a esa voz que me incita a disparar, pero no sé por cuánto tiempo más.

   Hoy en el diario leí que mataron a un intendente del Sur. Su esposa, en un brote de celos, le disparó con una escopeta en el medio del pecho. El único detenido fue su instructor de tiro.


lunes, 15 de enero de 2018

Una sombra ya pronto serás

Arrancamos el año con un cuento propio. Tal como como dice el tango (Caminito), o el título de Soriano, este cuento se llama Una sombra ya pronto serás. Aunque es una idea que estaba flotando en la cabeza, salió con un ejercicio de taller. Pocas veces quedó contento con los textos que salen de ejercicios, éste es uno de esos casos. Se nota (aunque está bien camuflada) la influencia gogolesca.

Una sombra ya pronto serás


    Abrí y no había nadie. Maldije y pegué un portazo. Todavía resonaba el eco en los pasillos cuando volvieron a golpear. Me asomé y tampoco vi a quien llamaba. Sin embargo, en el suelo, al pié de la alfombra que reza Bienvenido vi que había una sombra de mujer, pero en el pasillo no se veía a su portadora. Mientras trataba de recordar algún concepto que en el colegio me hubiera enseñado el profesor de Física y Química sobre la proyección de la luz, la sombra me hizo una seña indicándome un sobre tirado en un rincón. Lo abrí, y en prolija letra manuscrita leí: Soy la sombra de tu próximo amor. Me adelanté un rato. ¿Puedo pasar? Me pregunté qué clase de mujer sería mi próximo amor que golpeaba la puerta de un hombre desconocido y le pedía pasar. Volví a mirar la forma de la sombra, si acaso no estaba muy distorsionada, su dueña sería una mujer con un cuerpo muy bonito, de esa clase de mujeres que generalmente pasaban de mí. Pero si acaso se trataba de un engaño o una rara confusión, una sombra —que al fin y al cabo es apenas la ausencia de luz— no podría hacerme ningún mal. Le dejé entrar.
     
    La sombra no ocupaba mucho espacio. No comía, no hacía ruido, y convivir con ella el primer tiempo resultó sencillo. Tan sólo me pedía que mantuviera las cortinas todo el tiempo cerradas, ya que la excesiva claridad la ausentaba largos ratos.

    Con el tiempo desarrolló un lenguaje particular de señas que me permitía entenderla a la perfección.

    Primero sugirió un cambio en el orden de los muebles, detalle que no me molestó en absoluto. Confiaba en su buen gusto femenino para la decoración. Luego pidió que descolgara mis pósters de Maradona. Discutimos y, como no podía ser de otra forma, terminé cediendo ante la extorción de su llanto. Pronto pidió que una o dos veces al mes saliéramos a cenar a restaurantes caros, restaurantes oscuros y con mesas alumbradas con velas.  Pedíamos dos platos pero, obvio, sólo consumíamos uno. En las salidas al cine ella se sentía particularmente cómoda, la oscuridad de las salas le sentaba muy bien. Nos costaba ponernos de acuerdo con los  títulos, ella amaba las comedias románticas, y yo las de artes marciales. Al tiempo de convivir empezó a administrar mi dinero. La verdad es que rendía mucho más que antes, aunque debo admitir que ella no representaba ningún gasto. Así pude cambiar rápido el auto. Empezó a insistir en alquilar un departamento más grande para cuando tuviéramos hijos.

    Como toda pareja tuvimos crisis. Yo le recriminaba que todavía no había llegado su parte corpórea, y que tenía necesidades físicas que una sombra no podía cumplir. Pero la mayor crisis fue cuando revisando mi celular, encontró una conversación en la que le coqueteaba a una compañera de oficina y en la que le decía que estaba soltero desde hacía largo tiempo. A raíz de eso, y aunque ella no dormía y  sólo por conservar las formas de una pareja normal, estuve semanas durmiendo en el sillón del living.


     Pasaron años desde que llegó. Ya estoy viejo, y me estoy apagando. La vida junto a ella ha sido extraña, muy parecida a una vida feliz. Me gustaría conocer, antes de cerrar los ojos, qué forma tenía esa mujer que nunca llegó. A veces me la imagino como esta enfermera, ésta que me está cambiando el suero y que extrañamente, aunque proyecta sombra, no hace ruido al caminar.