A finales de 2016 con un amigo que deseaba adquirir el hábito de la escritura bajamos un manual de Scribd con ejercicios talleristas. Escogimos una consigna al azar: debíamos escribir cada uno un texto que comenzara con Aurora tiene un calcetín verde. El texto resultante fue publicado en el sitioAnatomía Urbana.
Aurora tiene un calcetín verde. Sólo uno. También
tiene otras medias huérfanas de varios colores. Pero verde, lo que se dice
verde, sólo esa. Ya no recuerda si la prenda quedó sola porque extravió su par,
o a lo mejor se trataba de un calcetín amarillo que tuvo la desgracia de
compartir lavarropas con una toalla azul. Sea como sea, esa única pieza la hace
sentir especial y sola, como si al cajón de las medias le faltara su otra
mitad.
Mientras las chicas de la oficina comentan sobre un
ex al que encontraron en Badoo, hojean la cartilla de Avón o muestran una foto
graciosa de un gatito en el teléfono, Aurora comenta al pasar que le gustaría
encontrar no al calcetín faltante, sino a otro de diferente tono de verde, al
cual también se le hubiera perdido su par.
Tal es el vacío que siente Aurora que ha decidido
terminar con la existencia del calcetín en cuestión. En la calle ata un hilo a
un poste de luz y empieza a andar. En cada paso se desteje un punto y nuestra
protagonista se empieza a sentir más liviana. Mira el sol como si fuera la
última vez que lo fuese a hacer y cree que es un lindo sol, que brilla sólo
para ella. Cuadra a cuadra la media se hace más pequeña y ella empieza a sentir
un olorcito a esperanzas. Quiere el destino que la prenda termina de
desvanecerse cuando ella ha cruzado la puerta de casa. Tiene ganas de
maquillarse, de cambiar esa cara de oficinista cansada por la de novia
primeriza. Sale del baño pestañeando rimmel y oye que llaman a la puerta. Es
Isidoro, que ha llegado ovillando un hilo verde igual al de su único ejemplar
de Guante Mágico.
Hace algunos meses Giselle Aronsonme invitó a participar del blog “No será mucho”. En dicho blog han publicado un montón de escritores de renombre (Convertini, Guinot, Pagnotta, Lunghi, Domínguez Nimo, C. Godoy, Perrotta, M. Koch, y mucho más). La consigna era realizar un texto relacionado con una canción que tuviera video en YouTube. La relación podía estar dada por la letra de la canción, la historia que contara el clip, el clima de la música, los personajes, los músicos, o pura y caprichosa inspiración. Así es cómo salió Blues de Gabi. En el blog “No será mucho” el pueblo donde transcurren los hechos se llama Morrison, nombre que cambié luego ya que desconocía la ciudad cordobesa del mismo nombre.
Blues de Gabi
Varias de las chicas más lindas del colegio habían
pasado tardes enteras en mi cuarto. Ojalá eso hubiera significado otra cosa
aparte de que abusaban de mi generosidad. Iban para que les grabara música. Yo
tenía una vasta colección que constaba de más de 50 casetes originales, casi
600 cintas vírgenes grabadas por un primo mayor que trabajaba de operador en la
trasnoche de una radio, y la colección completa de rock nacional que trajo
Revista Noticias.
Entre las inseguridades propias de la adolescencia,
yo tenía una única certeza: me sabía feo. No feo-feo, sino más bien de belleza
media-tirando pa’ fulero. Si yo era un pavo real de plumas grises, la música
resultaba para mí unas luces de neón que decoraban mi cola. Gracias a ella en
los recreos las chicas me daban la misma cantidad de charla que a los
galancitos del colegio. Pero todavía no había podido capitalizar mi único
atractivo. Hasta entonces ni siquiera había besado a una chica. Muchos de mis
compañeros ya habían tenido una primera novia, presumían de alguna conquista en
el matiné, o inventaban la historia de la vez que se hicieron hombres.
Me gustaba toda la música, pero había un tipo de
sonido que me volvía loco: los solos de guitarra eléctrica. Entre más chillones
resultaban mayor euforia me producían en mi ritual de imitar los movimientos en
un instrumento hecho de aire, imaginación y magia. No tenía una banda o canción
favorita, escuchaba temas de Vox Dei y los Rolling Stones, hasta el último tema
de Pappo o Ace of Base.
A Gabi la conocí gracias al cumpleaños de una prima
quinceañera que nunca vi. Había llegado a San Luis desde O’Connor —pueblo que
ni siquiera había sentido nombrar— para que mamá le hiciera el vestido de
fiesta. Al entrar a casa y verla quedé embobado. Jamás había visto a una muchacha
tan bonita y el destino caprichoso me la ponía en frente bajo la cinta métrica
de mi vieja. Aunque no molestaba, mamá pidió que desapareciera, que no
embromara, que me fuera al dormitorio a escuchar música. Obedecí, en parte por
no desafiarla, pero también porque chocarse con una hermosura como la de
Gabi merecía tener una banda de sonido. ¿Qué escucharía una chica así? Supuse
que algo angelical y lo más parecido que tenía a eso era un casete de los Boyz
II Men. Apenas sonar la segunda canción esa belleza de mujer se posaba en la
puerta de mi cuarto, tímida y curiosa, mientras mi vieja acomodaba géneros
sobre el busto de un maniquí. Le pregunté si le gustaba lo que había puesto y
dijo que sí. Ahí supimos nuestros nombres y me contó de ella, que era de ese
pueblo cercano a Córdoba, que escuchaba poca música, que el pueblo no tenía ni
disquerías ni radio, que la música nueva llegaba en las noches claras en que
podía sintonizarse una FM de Villa Mercedes —la ciudad más cercana—, que los
chicos de nuestra edad los fines de semanas alquilaban una trafic y se iban a
bailar a algún pueblo vecino, y que le gustaba la música romántica, Mariah
Carey, los lentos de Bon Jovi y de los Back Street Boys.
Volvimos a vernos una semana después, cuando tuvo
que regresar para hacerse las primeras pruebas. Para esa ocasión le había
preparado un casete de regalo con los mejores lentos de mi colección. Esa
tarde, mientras mamá trabajaba, la pasamos en mi cuarto. Ella embelesada por
todos los sonidos y echada en mi cama —que oficiaba de sillón— y yo, que no
podía parar de hablar, pasando tema tras tema en el grabador y contando la
historia que había detrás de cada canción.
Unos días más tarde recibí una carta desde O’Connor
diciéndome que el casete había sido el mejor regalo que le habían hecho jamás.
Desde aquella fecha empezamos a escribirnos un par de veces a la semana. En sus
cartas me contaba de los preparativos para el cumpleaños de la prima y de la
vida de algunas personas del pueblo que jamás conocería. En las mías le
comentaba las novedades musicales o les transcribía algunas letras. Estaba loco
por ella, pero nada le decía en nuestra correspondencia, me sabía enamorado por
primera vez y el miedo al rechazo era más fuerte que el sufrimiento por callarlo.
La siguiente vez que nos encontramos, que era para
cuando el vestido debía estar terminado, podía ser la última vez que nos
viéramos. Mientras mi vieja le daba las últimas puntadas, Gabi como siempre se
arrimó hasta mi dormitorio. De fondo sonaba Laura Pausini cuando, tartamudeando
con voz finita y poseído por un coraje desconocido en mí, le pregunté si quería
ser mi novia. Pareció no escucharme, su espíritu flotaba por la habitación con
los altos de la italiana, y cuando creía que su silencio era la respuesta y
empezaba a sumirme en la onda tristeza del desamor con voz bajita dijo que sí,
que sí quería. La tomé de la mano y pasaron varios minutos hasta que nos
animamos a besarnos.
En condición de novios apenas nos vimos dos veces.
Los precios prohibitivos de las llamadas de larga
distancia hacían que todo lo nuestro se sostuviera en lo postal y en nuestra imaginación
de cómo debía ser un amor ideal con banda de sonido.
Aunque había sido una participe ausente en nuestra
historia, y según contaba en las cartas ella quería conocerme, la prima no me
invitó a su cumpleaños, detalle que me molestó pero nunca le confesé.
A unas semanas de haber empezado todo, Gabi viajó un
sábado para visitarme. Pasamos toda la tarde encerrados en mi cuarto escuchando
música y besándonos. Esa vez experimentamos cómo era hacerlo con lengua. Después
de cenar con mis viejos salimos a un bar céntrico a tomar algo. No hay manera
de explicar la cara de todos los pibes, los que me conocían y los que no,
cuando me vieron acompañado de una chica de la belleza de mi novia. En aquella
ocasión, por primera vez en toda mi adolescencia, dejé de sentirme feo... era
el rey del mundo. Pasamos toda la noche a licuados y cocas en distintos bares
que frecuentaban los chicos de nuestra edad, y ya de madrugada la acompañé
hasta la Terminal para que se tomara el colectivo de vuelta a O’Connor.
Tres semanas más tarde viaje yo. Llevé cuatro
casetes: tres grabados especialmente para mi novia con lo que sonaba en las
radios de San Luis, y uno con mi música de guitarras chillonas.
O’Connor se trataba de un pueblo de unas pocas
manzanas construidas alrededor de una única plaza. Me sorprendieron dos cosas:
la primera, la cantidad de autos último modelo que circulaban por sus calles,
detalle que me resultaba inentendible ya que a un lugar tan pequeño unos pocos
minutos alcanzarían para atravesarlo a pie de punta a punta. La otra, la
cantidad de gente bonita que había, nada que ver con la imagen mental que uno tenía
sobre un pueblo en el medio del campo. La rutina que Gabi había preparado para
mi visita era la misma que cuando la recibí, con la diferencia de que el único
colectivo diario a San Luis pasaba a las 12 del mediodía, por lo que esa noche
iba a tener que dormir en el sillón del living. Sus padres no tenían ningún
reparo en que me quedara, sabían cómo era la rutina de los visitantes.
Cuando oscureció, antes de ir al único bar de O’Connor,
bar que frecuentaba la fauna de todas las edades, dimos una caminata por las
periferias del pueblo. Como atractivo turístico me señaló la casa de un tal
Cross, un tipo que había sido un modelo famoso en los setenta y que supo ser
novio de un diseñador importante. Allí abrigados por la oscuridad de un farol
roto, apoyé a mi novia contra la pared y la besé tanto y tan fuerte que se nos
irritaron los labios… y suave y muy a la pasada le toqué una teta, la primera
teta a una chica de mi vida. En el bar todos conocían a Gabi y tuvo que
presentarme, contar quién era, qué hacía, cómo nos habíamos conocido, a qué se
dedicaba mi familia y hasta cuándo pensaba quedarme, más de una veintena de
veces. Disfrutábamos de nuestras gaseosas tomados de la mano cuando llegaron
ellos: los afirmadores de realidad. Ya desde varios minutos antes en todo el
pueblo se sintió el retumbe de su música electrónica, pero cuando la trafic se
estacionó frente al negocio y bajaron los promotores de un boliche nuevo de
Villa Mercedes, supe que algo malo iba a pasar. Yo no sé qué fue, si su sonido
moderno o su aspecto de chicos bonitos con remeras a la moda apretadas al
cuerpo, pero luego de que Gabi recibiera la tarjeta de invitación ya no volvió
a mirarme igual. Desde ese instante esquivó cualquier intento mío por
demostrarle afecto.
Nuestra salida se hizo corta. Apenas introdujo la
llave en la puerta de casa le puso fin a mi incertidumbre con un hachazo al
corazón: no sé qué me pasa, quiero que nos tomemos un tiempo. No me dejó
decir ni responder nada. Se metió rápido y apenas hubo cerrado, sin despedirse,
se encerró en su cuarto. Toda esa noche lloré sigilosamente en el sillón,
herido en mi orgullo porque la aparición de un puto promotor de boliche había
corroborado mi fealdad y la indignidad a una chica bonita como Gabi.
El ruido de la actividad familiar nos puso en pie
temprano. Mi ahora ex novia evitaba hablarme, pero en cambio muy espaciadamente
se mostraba buena anfitriona arrimándome un mate desde la cocina. Tener que
esperar el colectivo luego de una derrota así, en condición de visitante,
resultaba muy humillante, y cada minuto que pasaba era un gol más que recibía.
Para que me entretuviera Gabi señaló el minicomponente del living y dijo que si
quería podía entretenerme poniendo música.
Soporté lo que faltaba haciendo una patética pantomima
de tocar en la guitarra los riff de Spinetta, Rata Blanca, Pappo y otros
artistas nacionales. En algún momento, faltando apenas un rato para la llegada
del cole, la culpa derritió un poco del hielo que le impedía verme sufrir y
preguntó cómo me sentía y si algún día podría perdonarla. Estaba destrozado,
enojado con el mundo, con todos los promotores de boliches y también conmigo
mismo; y no, no iba perdonarla, aunque sabía que ella no tenía la culpa de
haberse dado cuenta de que era feo. El poco orgullo que me quedaba me impedía
confesárselo. Cuchá esta canción, le dije, tiene un solo buenísimo.
Empezaba a sonar Soñando por mí de Antonio Birabent. Para desgracia mía la
industria musical dice que los solos de guitarra van al final de cualquier
canción de 4 minutos, y que deben ser precedidos por un poco de letra y un
estribillo. Cómo querés que me sienta hoy / en un túnel que no tiene final /
Cómo querés que te mire hoy / si cuando te veo sólo quiero escapar / y ahora
seguí mi amor, seguí, soñando por mi... ¡Maldito, Birabent! ¡Buchón y mal
tipo! Si en ese pueblo de morondanga jamás habían escuchado tu música, qué
necesidad tenías de hacerme quedar como un pelotudo y un arrastrado, qué te
costaba decirle a mi ex que ella se lo perdía, que yo me iba a reponer —aunque
fuera mentira— y que iba a conseguir una novia más buena y linda que ella
—aunque eso fuera imposible— porque el rock’n’roll will never die. Gabi me
miró, o creí que me miraba así, como si mi dignidad no valiera gran cosa.
El colectivo arrancó y cuando desapareció por la
ventanilla no volví a verla nunca más.
Unos meses más tarde entró al colegio Lucrecia, de
quien me enamoré furiosamente y no fui correspondido, pero ya no volví a pensar
en Gabi.
El
tiempo de abandono del blog se debe (además de olvido y pereza) a la finalización
de un volumen de cuentos. En este momento me encuentro en la etapa de pulido y
corrección. Apenas finalice realizaré el papeleo de los DDAA y comenzaré a
postear.
Además
tengo un par de cuentos concursando por ahí y hasta que no salgan las
resoluciones y por aceptación de términos no se pueden mostrar.
Bien,
vamos a lo interesante. Como ya he expresado en varias ocasiones no me gusta la
poesía, quizá por mi nula capacidad de decir algo en pocas palabras y con elegancia.
Hace
unos meses leyendo “Crónicas del hombre alto” de Alfredo di Bernardo, encontré
una cita de Faulkner que me dejó pensando: "lo más triste del amor no es que no dure siempre, sino que la
desesperación que produce se pueda olvidar tan pronto".
En
el acto recordé mis tiempos de adolescente, cuando en las noches dejaba una
carta de despedida a un amor no correspondido pensando que a la mañana
siguiente no despertaría: habría muerto de amor. Me dormía imaginando el rostro
de la chica llorando al lado del cajón. El asunto es que siempre me desperté, y
en las cartas de despedida debo haber escrito más de cincuenta nombres
distintos.
Ese
recuerdo que hoy me sonroja y me despierta ternura, más la frase de Faulkner,
inspiró una idea demasiado flaca como para cuento, y que tan sólo podía
expresarla intentando un poema.
Hace unos días, conversando con amigos sobre un par de
satisfacciones que me ha dado “Cuentos Criollos”, uno me felicitó y me dijo: “Es
muy bueno que te vaya bien, sobre todo en estos tiempos que la lectura se ha
vuelto sólo para las elites”.
A ver, Cuentos Criollos es un auténtico producto nacional y (poco)
popular. La idea del programa es tan sencilla como la de un grupo de amigos
juntándose a leer en voz alta cuentos de escritores argentinos, escritores que
van desde el prestigioso Grupo de Florida (Borges, Bioy Casares, Marechal,
Güiraldes), su contracara, el Grupo de Boedo (Arlt, Yunque, Barletta), nuevas
apariciones en las letras argentinas, hasta escritores talleristas de todos los
recovecos de la Argentina. El único requisito de los textos es su grado de
oralidad, y otro totalmente subjetivo como es el de gustarnos a quienes hacemos
el programa.
Para hacer buena literatura no hace falta pertenecer a
ninguna elite social, sino tener ganas de contar buenas historias, véase la
historia de Lucio Mansilla y compáresela con la de Pablo Ramos o Washinton
Cucurto.
Lo mismo sucede con la lectura.
Creo que se ha sobrestimado el poder formador de la lectura.
“Que la lectura te hace más inteligente” me parece nada más que un meme que
data de otros tiempos. Hace unas cuantas décadas Pierre Bourdieu explicó que
algunas personas se creían superiores a otras por su condición de inteligentes,
inteligencia que ellos creían era herencia biológica. A esto lo llamó “Racismo
de la Inteligencia”, y explicó que la inteligencia de estas elites no provenía
de su biología, sino de sus recursos económicos que les permitían el acceso a la
educación (privada) y al soporte para la misma (libros).
Ahora analicemos lo siguiente: En las últimas décadas se ha
abaratado enormemente el mercado de los libros (esto se debe a las nuevas tecnologías
de reproducción y a la precarización de los materiales con los que se hacen), aparecieron
maquinas para copiarlos (fotocopiadoras e impresoras de ordenador) y el soporte digital (la internet, los e-books
y los audiolibros). Por todas estas cosas creo que el ciudadano promedio de hoy
debe haber leído mucho más que el ciudadano de elites de hace unas cuantas
décadas o siglos atrás.
Nunca hice la cuenta, pero estimo que en mis 33 años debo
haber leído cerca de 1.000 títulos, y no sólo no soy más inteligente, sino que
sigo tan torpe como siempre. Ni hablar de Sócrates, que por su época si pudo
acceder a un libro, debió ser sólo uno y nada más, y aún así sigue siendo una
de las mentes más brillantes que ha dado la humanidad.
Pues, si la lectura no te hace más inteligente… ¿Qué es lo
que tienen de especial los libros? Es fácil de responder, y me sorprende que
muchos docentes no lo inculquen desde la temprana edad. La literatura ES
DIVERTIDA, es tanto o más divertida que ver una buena película, pues en el
libro el protagonista no es el galán de moda que me dice Hollywood, sino uno
mismo.
Sobre las sensaciones que genera la lectura les confieso algunas
cosas que pasaron en la producción de Cuentos Criollos. Aunque había sido leído
con anterioridad (y por eso mismo elegido), cuando grabé el cuento de Esteban
Valentino “No dejes que una bomba dañe el clavel de la bandeja”, tuve que hacer
mil cortes en la grabación porque en la lectura se me escapaba el llanto, no
era el personaje de Ernesto el que sufría, sino yo mismo, y yo era quien
contaba la desgracia de Malvinas que le tocó sufrir al personaje adolescente.
Lo mismo le sucedió a María del Carmen Arellano cuando grabó el texto de Nadine
Alemán “La aúca”. Algo parecido sucedió cuando grabé “Ulpidio Vega” de
Fontanarrosa, tenía que parar una y mil veces para que la carcajada que me
salía no quedara registrada.
Por último y para cerrar este post. Se ha dicho que la
Internet ha dañado considerablemente el mercado del libro. No creo que eso sea
así.
La Internet ha cambiado la manera de consumir productos
culturales, ya sea la música, el cine o los libros. Hoy la gente consume más
cine y música que nunca. Las pérdidas monetarias de las empresas de bienes
culturales no se deben a la irrupción de la Internet, sino a su incapacidad de
adaptarse a los nuevos rumbos del mercado.
No sé si el rumbo que tomamos cuando decidimos hacer Cuentos
Criollos es el correcto, pero al menos debemos andar cerca del mismo. Algunos oyentes nos han escrito contándonos que gracias al
programa ahora pueden “culturizarse un poco” (sic) y conocer nuevos autores,
que muchas veces nos escuchan a través de su celular cuando viajan en
colectivo, cuando cocinan, o cuando arreglan el patio. Obvio que preferiríamos
que nos escuchen tirados en un sillón de cuero, con una copita de coñac en la
mano e iluminados por una lámpara de bronce, pero tanto nosotros (cuatro amigos
amateurs) como las empresas de bienes culturales debemos entender que por la
precarización laboral de los últimos años, el ciudadano ya no tiene tiempo de
sentarse a disfrutar de una buena historia. O pensamos en reestructurar toda la
economía mundial para que el trabajador tenga un poco más de tiempo disponible
para el ocio, o buscamos la manera de que los productos culturales se adapten a
sus tiempos y necesidades.
Aunque "Cuentos Criollos" es un programa de radio hijo de las nuevas tecnologías, no nos habíamos puesto a trabajar para difundirlo masivamente y sólo nos limitábamos (a veces) a pegar los links en nuestros muros personales... Mientras tanto los archivos estaban alojados en Ivoox.com esperando que alguien se chocara con ellos. Siguiendo consejos de amigos y algún oyente ocasional decidimos abrirle su sitio en la red social más popular del mundo: Facebook. Esto nos permitirá difundir mejor cada programa y conocerle la cara a quienes nos apoyaban desde el anonimato.
Algún día les contaré los pormenores del diseño del logo del programa.
En el siguiente link pueden encontrarnos en la red social, y con un simple "Me gusta" estarán siempre actualizados con respecto a lo que subamos y podrán interactuar con nosotros, opinar, sugerir y ayudar en la búsqueda de autores.
Durante 2009 y 2010 trabajé en un volumen de cuentos
titulado “Memorias de la Pangea”, trabajo que se compone de 25 cuentos
inspirados en acontecimientos históricos alrededor de los cinco continentes.
Uno de esos es “Promesas de La Habana”.
La cocina del cuento
Puede parecer que esta anécdota tenga poco que ver con el
cuento y su cocina, pero en ella encontré la lente con la que veo el mundo.
En 1997 en un viaje que hice a Buenos Aires con mi viejo compré un disco de los Enanitos Verdes, “Guerra Gaucha”, un gran álbum que por
esas cosas del mercado lo pagué sólo a un 20% del precio estándar de los discos de ese entonces. Yo tenía 17 años, edad hermosa en la que las palabras que
faltan se toman de las canciones, y si hubo una banda que le puso música a los
sentimientos de los pibes de mi generación, esa fue Los Enanitos Verdes. Ese
trabajo estaba repleto de buenas canciones, pero hubo una en particular que a
mí me marcó: “Caretas sin alma”. Quizá no haya sido una de esas canciones de
fogón a las que nos tenían acostumbrados la banda mendocina, pero en su letra
incluía una frase muy fuerte y que siempre me viene a la cabeza “patria no es
tierra, es libertad”.
Analizar a Cuba no es fácil, mucho menos desde un país donde
desde siempre se ha tenido acceso a la educación y a la salud gratuitamente. No
quiero entrar en el juego de analizar la política de un país que no es el mío
desde la visión reduccionista ni de la izquierda ni de la derecha.
Desconozco los números reales de cómo se redujo la
mortalidad infantil y las muertes por desnutrición y subnutrición en el país
caribeño desde la revolución del 59 a la fecha, lo cual es un gran mérito de
los hermanos Castro, los únicos gobernantes de la isla desde entonces. Pero hay
otro dato que no se puede ignorar, que es la imposibilidad de los ciudadanos
cubanos de abandonar la isla y los números de víctimas fatales que esto ha
provocado. Se calcula que desde 1959 a la fecha, aproximadamente 150.000
personas han muerto tratando de huir de Cuba cayendo al mar o por los disparos
de los guardafronteras.
Los disidentes de un gobierno que no ha cambiado desde su
revolución, o los ciudadanos que deseaban probar suerte en otras naciones, tenían
tal sentimiento de impotencia que cualquier oportunidad de escape era
aprovechada, y hasta el paso del poder de Fidel a su hermano Raúl que
aparentemente está iniciando un proceso de apertura, cada vez eran más los
que estaban dispuestos a pagar el alto costo de dejar atrás su país y sus seres
queridos, en busca de libertad u oportunidades. “Patria no es tierra, es libertad”.
La idea de la historia me vino en dos partes. La primera fue
mirando la película Habana Blues con mi hermana, una película neutral con
respecto al castrismo, de hecho ni lo menciona, tan sólo cuenta de cómo viven y
sienten los artistas cubanos. La segunda parte fue en base a una anécdota que
me comentó una amiga, que en un viaje a otro país caribeño, los ciudadanos se
ofrecían como maridos u esposas para que los sacaran de allí.
Alberto
Nicanor Santos le prometió a Lola Zamora amarla, respetarla y enamorarla cada
mañana con una nueva poesía.
Soñaba
con vivir de sus palabras en el papel, que sus sonetos endecasílabos
recorrieran con él todos los cielos del mundo, que su arte lo sacara de esa
maldita isla. La Habana
era una ciudad repleta de poetas, poetas que manejaban taxis, poetas que
vendían collares en las playas, poetas que dignamente se ganaban el pan
trabajando sin poesía.
Alberto
Nicanor Santos le prometía a Lola Zamora regresar temprano, y a las turistas
les prometía pasearlas por la ciudad, contarles de Fidel y de la revolución y enseñarles
a bailar la rumba. A la sueca, con rimas elegantes, le contó de su sueño de
amarla en la misteriosa Estocolmo, a la yanqui de sus deseos de hacerle el amor
en un callejón oscuro de Nueva York, y a la francesa de cómo la acariciaría en
las blancas arenas de Marsella.
Y
mientras La Habana
continuaba deteriorándose las promesas no se cumplían, ni las de regresar
temprano ni las de girarle pasaje y pasaporte. Y cuando Lola Zamora subió sola
a una balsa prometiendo no regresar, el poeta no encontró palabras.
Mientras me ahogaba pensando en qué cuento podía subir esta
semana, Tukis me ganó de mano y publicó en el muro de Alas Letras Pétalos…
Listo, problema solucionado, me ahorró una sesión de terapia diciéndole a mi psicóloga
que no puedo decidirme por qué cuento escoger porque no sé a qué edad mi mamá
me sacó la teta.
Este cuento tiene una historia muy linda atrás. Pues con él, en el marco de
la Semana del Escritor que celebraba la Municipalidad de La Ciudad de San Luis en
junio de 2012 pude debutar como escritor en público, fecha que además coincidía
con mi cumpleaños. Les agradezco a mis compañeros de Alas Letras por en tan
importante fecha haberme permitido mostrar lo que hago.
La cocina del cuento
Esa historia surgió de un juego de palabras con mi esposa
(entonces con nada de esposa y mucho de novia). ¿Una persona pedante, es
aquella que sufre de gases? ¿Una petulante es una persona que tiene pétalos?
Esa noche me senté e inventé la historia sobre la mujer petulante. Dedicado a
mi amiga Sofía Rojo, de New Italy Town, Córdoba city.
Pétalos
Ella era petulante, no
en el sentido de la pedantería (para eso estaba yo), sino que deshojaba los
pétalos de sus amantes en un aburrido e insoportable me quiere/no me quiere, aún, sabiendo que los pétalos de las
personas son número par.
De ella me gustaba su
perfume, perfume a flores, perfume del que ella renegaba, perfume a amantes que
se le habían marchitado.
Cuando me arrancó el
primer pétalo no dolió. Lo arrancó de la lengua, y éste salió con un te quiero. Jamás me habían arrancado uno…
ni un te quiero.
El segundo lo arrancó días más tarde de la patilla. Todo
hombre que haya usado patilla sabe cuánto duele un fuerte jalón de pelo en esa
zona, supongo que por ese motivo salió tan violento el no te quiero.
La reconciliación llegó mediante un ramo de flores
obsequiado, flores que por cierto usó para hacer bombones. Con ella aprendí
eso, se pintan los pétalos con un almíbar aguachento y se los rocía con azúcar
impalpable.
El tercer pétalo lo sacó accidentalmente mientras me
quitaba pelusa del ombligo.
El siguiente se cayó sólo, fue en medio de una acalorada
discusión. Se desprendió por culpa de un tal Newton.
La quería y la quería con locura, pero ella no podía
contener esa voz interior que la llamaba a arrancarme de un pellizcón los
pétalos. Al cabo de unos meses de relación comencé a usar sombrero para
disimular una prominente alopecia foliada. Intenté frenar este proceso
untándome en abono. Esto funcionó la primera semana pero desistí de ello por el
desagradable olor que me dejaba, todos sabemos con qué se hacen estos
productos. Probé tomando unas pastillas germinantes que tuvieron un placentero
efecto afrodisíaco, pero al fin de cuentas los pétalos que ella me arrancaba no
volvían a crecer.
Así continuamos juntos hasta que quedé con un solo
pétalo, un último solitario y pobrecito pétalo, que por una de esas
casualidades poéticas estaba ubicado justo en el lado izquierdo de mi pecho,
encima del corazón. Estaba debilucho y amenazaba con caerse. Lo aseguré
emparchándolo con cinta scotch. No quería no quererla más.
Me dediqué a tenerle las manos ocupadas, a regalarle
tantos anillos para que los dedos pesados y torpes no pudieran acercarse hasta
mi pecho.
¡Malditos joyeros! ¡Y malditos los espejos de las
joyerías!
Mi amada miraba un juego de aros cuando ese joyero al que
he jurado vendetta le ofreció probárselos frente a un espejo. Ella se contempló
un largo rato, estudiándose, repasándose, haciendo un doctorado de sí misma.
Pensé que los aros no le gustaban y propuse mirar otros anillos, todavía más grandes
y pesados.
—¿Te has dado cuenta? —Me preguntó por fin—. ¿No me
parezco a una flor?
—¡Sí, amor mío! La flor más bella. Tu piel tiene la
suavidad de una magnolia en la mañana y el color de las flores del manzano, y
tus ojos están hechos de hojas de arce en otoño.
Me sonrió y pasó los siguientes minutos confirmándose
frente a su reflejo.
—No te quiero más —me anunció—. Yo misma tengo los
pétalos, los aromas y los colores que necesito, me he dado cuenta. No es justo
que te deshoje. —Me dijo y me abandonó para siempre.
…y este maldito pétalo traidor no se cae, no se marchita,
no deja de quererla.