jueves, 20 de julio de 2017

El Calcetín Verde

A finales de 2016 con un amigo que deseaba adquirir el hábito de la escritura bajamos un manual de Scribd con ejercicios talleristas. Escogimos una consigna al azar: debíamos escribir cada uno un texto que comenzara con Aurora tiene un calcetín verde.
El texto resultante fue publicado en el sitio Anatomía Urbana.




Aurora tiene un calcetín verde. Sólo uno. También tiene otras medias huérfanas de varios colores. Pero verde, lo que se dice verde, sólo esa. Ya no recuerda si la prenda quedó sola porque extravió su par, o a lo mejor se trataba de un calcetín amarillo que tuvo la desgracia de compartir lavarropas con una toalla azul. Sea como sea, esa única pieza la hace sentir especial y sola, como si al cajón de las medias le faltara su otra mitad.
Mientras las chicas de la oficina comentan sobre un ex al que encontraron en Badoo, hojean la cartilla de Avón o muestran una foto graciosa de un gatito en el teléfono, Aurora comenta al pasar que le gustaría encontrar no al calcetín faltante, sino a otro de diferente tono de verde, al cual también se le hubiera perdido su par.
Tal es el vacío que siente Aurora que ha decidido terminar con la existencia del calcetín en cuestión. En la calle ata un hilo a un poste de luz y empieza a andar. En cada paso se desteje un punto y nuestra protagonista se empieza a sentir más liviana. Mira el sol como si fuera la última vez que lo fuese a hacer y cree que es un lindo sol, que brilla sólo para ella. Cuadra a cuadra la media se hace más pequeña y ella empieza a sentir un olorcito a esperanzas. Quiere el destino que la prenda termina de desvanecerse cuando ella ha cruzado la puerta de casa. Tiene ganas de maquillarse, de cambiar esa cara de oficinista cansada por la de novia primeriza. Sale del baño pestañeando rimmel y oye que llaman a la puerta. Es Isidoro, que ha llegado ovillando un hilo verde igual al de su único ejemplar de Guante Mágico.



sábado, 15 de julio de 2017

Blues de Gabi

Hace algunos meses Giselle Aronson me invitó a participar del blog “No será mucho”. 
En dicho blog han publicado un montón de escritores de renombre (Convertini, Guinot, Pagnotta, Lunghi, Domínguez Nimo, C. Godoy, Perrotta, M. Koch, y mucho más).
La consigna era realizar un texto relacionado con una canción que tuviera video en YouTube. La relación podía estar dada por la letra de la canción, la historia que contara el clip, el clima de la música, los personajes, los músicos, o pura y caprichosa inspiración.
Así es cómo salió Blues de Gabi.
En el blog “No será mucho” el pueblo donde transcurren los hechos se llama Morrison, nombre que cambié luego ya que desconocía la ciudad cordobesa del mismo nombre.


Blues de Gabi


Varias de las chicas más lindas del colegio habían pasado tardes enteras en mi cuarto. Ojalá eso hubiera significado otra cosa aparte de que abusaban de mi generosidad. Iban para que les grabara música. Yo tenía una vasta colección que constaba de más de 50 casetes originales, casi 600 cintas vírgenes grabadas por un primo mayor que trabajaba de operador en la trasnoche de una radio, y la colección completa de rock nacional que trajo Revista Noticias.
Entre las inseguridades propias de la adolescencia, yo tenía una única certeza: me sabía feo. No feo-feo, sino más bien de belleza media-tirando pa’ fulero. Si yo era un pavo real de plumas grises, la música resultaba para mí unas luces de neón que decoraban mi cola. Gracias a ella en los recreos las chicas me daban la misma cantidad de charla que a los galancitos del colegio. Pero todavía no había podido capitalizar mi único atractivo. Hasta entonces ni siquiera había besado a una chica. Muchos de mis compañeros ya habían tenido una primera novia, presumían de alguna conquista en el matiné, o inventaban la historia de la vez que se hicieron hombres.
Me gustaba toda la música, pero había un tipo de sonido que me volvía loco: los solos de guitarra eléctrica. Entre más chillones resultaban mayor euforia me producían en mi ritual de imitar los movimientos en un instrumento hecho de aire, imaginación y magia. No tenía una banda o canción favorita, escuchaba temas de Vox Dei y los Rolling Stones, hasta el último tema de Pappo o Ace of Base.

A Gabi la conocí gracias al cumpleaños de una prima quinceañera que nunca vi. Había llegado a San Luis desde O’Connor —pueblo que ni siquiera había sentido nombrar— para que mamá le hiciera el vestido de fiesta. Al entrar a casa y verla quedé embobado. Jamás había visto a una muchacha tan bonita y el destino caprichoso me la ponía en frente bajo la cinta métrica de mi vieja. Aunque no molestaba, mamá pidió que desapareciera, que no embromara, que me fuera al dormitorio a escuchar música. Obedecí, en parte por no desafiarla, pero también porque  chocarse con una hermosura como la de Gabi merecía tener una banda de sonido. ¿Qué escucharía una chica así? Supuse que algo angelical y lo más parecido que tenía a eso era un casete de los Boyz II Men. Apenas sonar la segunda canción esa belleza de mujer se posaba en la puerta de mi cuarto, tímida y curiosa, mientras mi vieja acomodaba géneros sobre el busto de un maniquí. Le pregunté si le gustaba lo que había puesto y dijo que sí. Ahí supimos nuestros nombres y me contó de ella, que era de ese pueblo cercano a Córdoba, que escuchaba poca música, que el pueblo no tenía ni disquerías ni radio, que la música nueva llegaba en las noches claras en que podía sintonizarse una FM de Villa Mercedes —la ciudad más cercana—, que los chicos de nuestra edad los fines de semanas alquilaban una trafic y se iban a bailar a algún pueblo vecino, y que le gustaba la música romántica, Mariah Carey, los lentos de Bon Jovi y de los Back Street Boys.

Volvimos a vernos una semana después, cuando tuvo que regresar para hacerse las primeras pruebas. Para esa ocasión le había preparado un casete de regalo con los mejores lentos de mi colección. Esa tarde, mientras mamá trabajaba, la pasamos en mi cuarto. Ella embelesada por todos los sonidos y echada en mi cama —que oficiaba de sillón— y yo, que no podía parar de hablar, pasando tema tras tema en el grabador y contando la historia que había detrás de cada canción.
Unos días más tarde recibí una carta desde O’Connor diciéndome que el casete había sido el mejor regalo que le habían hecho jamás. Desde aquella fecha empezamos a escribirnos un par de veces a la semana. En sus cartas me contaba de los preparativos para el cumpleaños de la prima y de la vida de algunas personas del pueblo que jamás conocería. En las mías le comentaba las novedades musicales o les transcribía algunas letras. Estaba loco por ella, pero nada le decía en nuestra correspondencia, me sabía enamorado por primera vez y el miedo al rechazo era más fuerte que el sufrimiento por callarlo.
La siguiente vez que nos encontramos, que era para cuando el vestido debía estar terminado, podía ser la última vez que nos viéramos. Mientras mi vieja le daba las últimas puntadas, Gabi como siempre se arrimó hasta mi dormitorio. De fondo sonaba Laura Pausini cuando, tartamudeando con voz finita y poseído por un coraje desconocido en mí, le pregunté si quería ser mi novia. Pareció no escucharme, su espíritu flotaba por la habitación con los altos de la italiana, y cuando creía que su silencio era la respuesta y empezaba a sumirme en la onda tristeza del desamor con voz bajita dijo que sí, que sí quería. La tomé de la mano y pasaron varios minutos hasta que nos animamos a besarnos.
En condición de novios apenas nos vimos dos veces.

Los precios prohibitivos de las llamadas de larga distancia hacían que todo lo nuestro se sostuviera en lo postal y en nuestra imaginación de cómo debía ser un amor ideal con banda de sonido.
Aunque había sido una participe ausente en nuestra historia, y según contaba en las cartas ella quería conocerme, la prima no me invitó a su cumpleaños, detalle que me molestó pero nunca le confesé.

A unas semanas de haber empezado todo, Gabi viajó un sábado para visitarme. Pasamos toda la tarde encerrados en mi cuarto escuchando música y besándonos. Esa vez experimentamos cómo era hacerlo con lengua. Después de cenar con mis viejos salimos a un bar céntrico a tomar algo. No hay manera de explicar la cara de todos los pibes, los que me conocían y los que no, cuando me vieron acompañado de una chica de la belleza de mi novia. En aquella ocasión, por primera vez en toda mi adolescencia, dejé de sentirme feo... era el rey del mundo. Pasamos toda la noche a licuados y cocas en distintos bares que frecuentaban los chicos de nuestra edad, y ya de madrugada la acompañé hasta la Terminal para que se tomara el colectivo de vuelta a O’Connor.

Tres semanas más tarde viaje yo. Llevé cuatro casetes: tres grabados especialmente para mi novia con lo que sonaba en las radios de San Luis, y uno con mi música de guitarras chillonas.
O’Connor se trataba de un pueblo de unas pocas manzanas construidas alrededor de una única plaza. Me sorprendieron dos cosas: la primera, la cantidad de autos último modelo que circulaban por sus calles, detalle que me resultaba inentendible ya que a un lugar tan pequeño unos pocos minutos alcanzarían para atravesarlo a pie de punta a punta. La otra, la cantidad de gente bonita que había, nada que ver con la imagen mental que uno tenía sobre un pueblo en el medio del campo. La rutina que Gabi había preparado para mi visita era la misma que cuando la recibí, con la diferencia de que el único colectivo diario a San Luis pasaba a las 12 del mediodía, por lo que esa noche iba a tener que dormir en el sillón del living. Sus padres no tenían ningún reparo en que me quedara, sabían cómo era la rutina de los visitantes.
Cuando oscureció, antes de ir al único bar de O’Connor, bar que frecuentaba la fauna de todas las edades, dimos una caminata por las periferias del pueblo. Como atractivo turístico me señaló la casa de un tal Cross, un tipo que había sido un modelo famoso en los setenta y que supo ser novio de un diseñador importante. Allí abrigados por la oscuridad de un farol roto, apoyé a mi novia contra la pared y la besé tanto y tan fuerte que se nos irritaron los labios… y suave y muy a la pasada le toqué una teta, la primera teta a una chica de mi vida. En el bar todos conocían a Gabi y tuvo que presentarme, contar quién era, qué hacía, cómo nos habíamos conocido, a qué se dedicaba mi familia y hasta cuándo pensaba quedarme, más de una veintena de veces. Disfrutábamos de nuestras gaseosas tomados de la mano cuando llegaron ellos: los afirmadores de realidad. Ya desde varios minutos antes en todo el pueblo se sintió el retumbe de su música electrónica, pero cuando la trafic se estacionó frente al negocio y bajaron los promotores de un boliche nuevo de Villa Mercedes, supe que algo malo iba a pasar. Yo no sé qué fue, si su sonido moderno o su aspecto de chicos bonitos con remeras a la moda apretadas al cuerpo, pero luego de que Gabi recibiera la tarjeta de invitación ya no volvió a mirarme igual. Desde ese instante esquivó cualquier intento mío por demostrarle afecto.
Nuestra salida se hizo corta. Apenas introdujo la llave en la puerta de casa le puso fin a mi incertidumbre con un hachazo al corazón: no sé qué me pasa, quiero que nos tomemos un tiempo. No me dejó decir ni responder nada. Se metió rápido y apenas hubo cerrado, sin despedirse, se encerró en su cuarto. Toda esa noche lloré sigilosamente en el sillón, herido en mi orgullo porque la aparición de un puto promotor de boliche había corroborado mi fealdad y la indignidad a una chica bonita como Gabi.
El ruido de la actividad familiar nos puso en pie temprano. Mi ahora ex novia evitaba hablarme, pero en cambio muy espaciadamente se mostraba buena anfitriona arrimándome un mate desde la cocina. Tener que esperar el colectivo luego de una derrota así, en condición de visitante, resultaba muy humillante, y cada minuto que pasaba era un gol más que recibía. Para que me entretuviera Gabi señaló el minicomponente del living y dijo que si quería podía entretenerme poniendo música.
Soporté lo que faltaba haciendo una patética pantomima de tocar en la guitarra los riff de Spinetta, Rata Blanca, Pappo y otros artistas nacionales. En algún momento, faltando apenas un rato para la llegada del cole, la culpa derritió un poco del hielo que le impedía verme sufrir y preguntó cómo me sentía y si algún día podría perdonarla. Estaba destrozado, enojado con el mundo, con todos los promotores de boliches y también conmigo mismo; y no, no iba perdonarla, aunque sabía que ella no tenía la culpa de haberse dado cuenta de que era feo. El poco orgullo que me quedaba me impedía confesárselo. Cuchá esta canción, le dije, tiene un solo buenísimo. Empezaba a sonar Soñando por mí de Antonio Birabent. Para desgracia mía la industria musical dice que los solos de guitarra van al final de cualquier canción de 4 minutos, y que deben ser precedidos por un poco de letra y un estribillo. Cómo querés que me sienta hoy / en un túnel que no tiene final / Cómo querés que te mire hoy / si cuando te veo sólo quiero escapar / y ahora seguí mi amor, seguí, soñando por mi... ¡Maldito, Birabent! ¡Buchón y mal tipo! Si en ese pueblo de morondanga jamás habían escuchado tu música, qué necesidad tenías de hacerme quedar como un pelotudo y un arrastrado, qué te costaba decirle a mi ex que ella se lo perdía, que yo me iba a reponer —aunque fuera mentira— y que iba a conseguir una novia más buena y linda que ella —aunque eso fuera imposible— porque el rock’n’roll will never die. Gabi me miró, o creí que me miraba así, como si mi dignidad no valiera gran cosa.
El colectivo arrancó y cuando desapareció por la ventanilla no volví a verla nunca más.

Unos meses más tarde entró al colegio Lucrecia, de quien me enamoré furiosamente y no fui correspondido, pero ya no volví a pensar en Gabi.



jueves, 1 de octubre de 2015

Poema de la tetona

Es hora de retomar.
El tiempo de abandono del blog se debe (además de olvido y pereza) a la finalización de un volumen de cuentos. En este momento me encuentro en la etapa de pulido y corrección. Apenas finalice realizaré el papeleo de los DDAA y comenzaré a postear.
Además tengo un par de cuentos concursando por ahí y hasta que no salgan las resoluciones y por aceptación de términos no se pueden mostrar.

Bien, vamos a lo interesante. Como ya he expresado en varias ocasiones no me gusta la poesía, quizá por mi nula capacidad de decir algo en pocas palabras y con elegancia.
Hace unos meses leyendo “Crónicas del hombre alto” de Alfredo di Bernardo, encontré una cita de Faulkner que me dejó pensando: "lo más triste del amor no es que no dure siempre, sino que la desesperación que produce se pueda olvidar tan pronto".
En el acto recordé mis tiempos de adolescente, cuando en las noches dejaba una carta de despedida a un amor no correspondido pensando que a la mañana siguiente no despertaría: habría muerto de amor. Me dormía imaginando el rostro de la chica llorando al lado del cajón. El asunto es que siempre me desperté, y en las cartas de despedida debo haber escrito más de cincuenta nombres distintos.
Ese recuerdo que hoy me sonroja y me despierta ternura, más la frase de Faulkner, inspiró una idea demasiado flaca como para cuento, y que tan sólo podía expresarla intentando un poema.

Que les sea leve. (Perdón Vladimir Holan)

Poema de la tetona
En el fondo mi memoria
flota la imagen de una tetona
que me tuvo a mal traer
toda la adolescencia.

Ella no fue la primera en enamorarme
ni tampoco la primera en no corresponderme.
Ella inauguró en mí la desesperación.
Fui buen alumno,
me peiné con gel,
metí mil goles
y aprendí a tocar la guitarra
sólo para que se fijara en mí.

(Al parecer, sus enormes pechos
no la dejaban verme).

Todo esto lo hice,
para que el primer día
luego de haber terminado el colegio
no volviera a recordarla hasta hoy.

martes, 22 de octubre de 2013

Sobre el poder formador de la lectura y la industria de bienes culturales

Hace unos días, conversando con amigos sobre un par de satisfacciones que me ha dado “Cuentos Criollos”, uno me felicitó y me dijo: “Es muy bueno que te vaya bien, sobre todo en estos tiempos que la lectura se ha vuelto sólo para las elites”.

A ver, Cuentos Criollos es un auténtico producto nacional y (poco) popular. La idea del programa es tan sencilla como la de un grupo de amigos juntándose a leer en voz alta cuentos de escritores argentinos, escritores que van desde el prestigioso Grupo de Florida (Borges, Bioy Casares, Marechal, Güiraldes), su contracara, el Grupo de Boedo (Arlt, Yunque, Barletta), nuevas apariciones en las letras argentinas, hasta escritores talleristas de todos los recovecos de la Argentina. El único requisito de los textos es su grado de oralidad, y otro totalmente subjetivo como es el de gustarnos a quienes hacemos el programa.
Para hacer buena literatura no hace falta pertenecer a ninguna elite social, sino tener ganas de contar buenas historias, véase la historia de Lucio Mansilla y compáresela con la de Pablo Ramos o Washinton Cucurto.

Lo mismo sucede con la lectura.
Creo que se ha sobrestimado el poder formador de la lectura. “Que la lectura te hace más inteligente” me parece nada más que un meme que data de otros tiempos. Hace unas cuantas décadas Pierre Bourdieu explicó que algunas personas se creían superiores a otras por su condición de inteligentes, inteligencia que ellos creían era herencia biológica. A esto lo llamó “Racismo de la Inteligencia”, y explicó que la inteligencia de estas elites no provenía de su biología, sino de sus recursos económicos que les permitían el acceso a la educación (privada) y al soporte para la misma (libros).

Ahora analicemos lo siguiente: En las últimas décadas se ha abaratado enormemente el mercado de los libros (esto se debe a las nuevas tecnologías de reproducción y a la precarización de los materiales con los que se hacen), aparecieron maquinas para copiarlos (fotocopiadoras e impresoras de ordenador) y  el soporte digital (la internet, los e-books y los audiolibros). Por todas estas cosas creo que el ciudadano promedio de hoy debe haber leído mucho más que el ciudadano de elites de hace unas cuantas décadas o siglos atrás.
Nunca hice la cuenta, pero estimo que en mis 33 años debo haber leído cerca de 1.000 títulos, y no sólo no soy más inteligente, sino que sigo tan torpe como siempre. Ni hablar de Sócrates, que por su época si pudo acceder a un libro, debió ser sólo uno y nada más, y aún así sigue siendo una de las mentes más brillantes que ha dado la humanidad.

Pues, si la lectura no te hace más inteligente… ¿Qué es lo que tienen de especial los libros? Es fácil de responder, y me sorprende que muchos docentes no lo inculquen desde la temprana edad. La literatura ES DIVERTIDA, es tanto o más divertida que ver una buena película, pues en el libro el protagonista no es el galán de moda que me dice Hollywood, sino uno mismo.

Sobre las sensaciones que genera la lectura les confieso algunas cosas que pasaron en la producción de Cuentos Criollos. Aunque había sido leído con anterioridad (y por eso mismo elegido), cuando grabé el cuento de Esteban Valentino “No dejes que una bomba dañe el clavel de la bandeja”, tuve que hacer mil cortes en la grabación porque en la lectura se me escapaba el llanto, no era el personaje de Ernesto el que sufría, sino yo mismo, y yo era quien contaba la desgracia de Malvinas que le tocó sufrir al personaje adolescente. Lo mismo le sucedió a María del Carmen Arellano cuando grabó el texto de Nadine Alemán “La aúca”. Algo parecido sucedió cuando grabé “Ulpidio Vega” de Fontanarrosa, tenía que parar una y mil veces para que la carcajada que me salía no quedara registrada.

Por último y para cerrar este post. Se ha dicho que la Internet ha dañado considerablemente el mercado del libro. No creo que eso sea así.
La Internet ha cambiado la manera de consumir productos culturales, ya sea la música, el cine o los libros. Hoy la gente consume más cine y música que nunca. Las pérdidas monetarias de las empresas de bienes culturales no se deben a la irrupción de la Internet, sino a su incapacidad de adaptarse a los nuevos rumbos del mercado.
No sé si el rumbo que tomamos cuando decidimos hacer Cuentos Criollos es el correcto, pero al menos debemos andar cerca del mismo. Algunos oyentes nos han escrito contándonos que gracias al programa ahora pueden “culturizarse un poco” (sic) y conocer nuevos autores, que muchas veces nos escuchan a través de su celular cuando viajan en colectivo, cuando cocinan, o cuando arreglan el patio. Obvio que preferiríamos que nos escuchen tirados en un sillón de cuero, con una copita de coñac en la mano e iluminados por una lámpara de bronce, pero tanto nosotros (cuatro amigos amateurs) como las empresas de bienes culturales debemos entender que por la precarización laboral de los últimos años, el ciudadano ya no tiene tiempo de sentarse a disfrutar de una buena historia. O pensamos en reestructurar toda la economía mundial para que el trabajador tenga un poco más de tiempo disponible para el ocio, o buscamos la manera de que los productos culturales se adapten a sus tiempos y necesidades.

Amén.

viernes, 11 de octubre de 2013

Cuentos Criollos en Facebook

Aunque "Cuentos Criollos" es un programa de radio hijo de las nuevas tecnologías, no nos habíamos puesto a trabajar para difundirlo masivamente y sólo nos limitábamos (a veces) a pegar los links en nuestros muros personales... Mientras tanto los archivos estaban alojados en Ivoox.com esperando que alguien se chocara con ellos.
Siguiendo consejos de amigos y algún oyente ocasional decidimos abrirle su sitio en la red social más popular del mundo: Facebook. Esto nos permitirá difundir mejor cada programa y conocerle la cara a quienes nos apoyaban desde el anonimato.

Algún día les contaré los pormenores del diseño del logo del programa.

En el siguiente link pueden encontrarnos en la red social, y con un simple "Me gusta" estarán siempre actualizados con respecto a lo que subamos y podrán interactuar con nosotros, opinar, sugerir y ayudar en la búsqueda de autores.

Cuentos Criollos en Facebook



Aquí el programa número 11, dónde además de escucharlo, pueden descargarlo.

Cuentos Criollos Programa 11

Promesas de La Habana. Cuento

Durante 2009 y 2010 trabajé en un volumen de cuentos titulado “Memorias de la Pangea”, trabajo que se compone de 25 cuentos inspirados en acontecimientos históricos alrededor de los cinco continentes. Uno de esos es “Promesas de La Habana”.

La cocina del cuento

Puede parecer que esta anécdota tenga poco que ver con el cuento y su cocina, pero en ella encontré la lente con la que veo el mundo.
En 1997 en un viaje que hice a Buenos Aires con mi viejo compré un disco de los Enanitos Verdes, “Guerra Gaucha”, un gran álbum que por esas cosas del mercado lo pagué sólo a un 20% del precio estándar de los discos de ese entonces. Yo tenía 17 años, edad hermosa en la que las palabras que faltan se toman de las canciones, y si hubo una banda que le puso música a los sentimientos de los pibes de mi generación, esa fue Los Enanitos Verdes. Ese trabajo estaba repleto de buenas canciones, pero hubo una en particular que a mí me marcó: “Caretas sin alma”. Quizá no haya sido una de esas canciones de fogón a las que nos tenían acostumbrados la banda mendocina, pero en su letra incluía una frase muy fuerte y que siempre me viene a la cabeza “patria no es tierra, es libertad”.

Analizar a Cuba no es fácil, mucho menos desde un país donde desde siempre se ha tenido acceso a la educación y a la salud gratuitamente. No quiero entrar en el juego de analizar la política de un país que no es el mío desde la visión reduccionista ni de la izquierda ni de la derecha.
Desconozco los números reales de cómo se redujo la mortalidad infantil y las muertes por desnutrición y subnutrición en el país caribeño desde la revolución del 59 a la fecha, lo cual es un gran mérito de los hermanos Castro, los únicos gobernantes de la isla desde entonces. Pero hay otro dato que no se puede ignorar, que es la imposibilidad de los ciudadanos cubanos de abandonar la isla y los números de víctimas fatales que esto ha provocado. Se calcula que desde 1959 a la fecha, aproximadamente 150.000 personas han muerto tratando de huir de Cuba cayendo al mar o por los disparos de los guardafronteras.
Los disidentes de un gobierno que no ha cambiado desde su revolución, o los ciudadanos que deseaban probar suerte en otras naciones, tenían tal sentimiento de impotencia que cualquier oportunidad de escape era aprovechada, y hasta el paso del poder de Fidel a su hermano Raúl que aparentemente está iniciando un proceso de apertura, cada vez eran más los que estaban dispuestos a pagar el alto costo de dejar atrás su país y sus seres queridos, en busca de libertad u oportunidades.  “Patria no es tierra, es libertad”.


La idea de la historia me vino en dos partes. La primera fue mirando la película Habana Blues con mi hermana, una película neutral con respecto al castrismo, de hecho ni lo menciona, tan sólo cuenta de cómo viven y sienten los artistas cubanos. La segunda parte fue en base a una anécdota que me comentó una amiga, que en un viaje a otro país caribeño, los ciudadanos se ofrecían como maridos u esposas para que los sacaran de allí.

Dedicado a mi hermana Rosario.



Promesas de La Habana

             Alberto Nicanor Santos le prometió a Lola Zamora amarla, respetarla y enamorarla cada mañana con una nueva poesía.

            Soñaba con vivir de sus palabras en el papel, que sus sonetos endecasílabos recorrieran con él todos los cielos del mundo, que su arte lo sacara de esa maldita isla. La Habana era una ciudad repleta de poetas, poetas que manejaban taxis, poetas que vendían collares en las playas, poetas que dignamente se ganaban el pan trabajando sin poesía.

            Alberto Nicanor Santos le prometía a Lola Zamora regresar temprano, y a las turistas les prometía pasearlas por la ciudad, contarles de Fidel y de la revolución y enseñarles a bailar la rumba. A la sueca, con rimas elegantes, le contó de su sueño de amarla en la misteriosa Estocolmo, a la yanqui de sus deseos de hacerle el amor en un callejón oscuro de Nueva York, y a la francesa de cómo la acariciaría en las blancas arenas de Marsella.

            Y mientras La Habana continuaba deteriorándose las promesas no se cumplían, ni las de regresar temprano ni las de girarle pasaje y pasaporte. Y cuando Lola Zamora subió sola a una balsa prometiendo no regresar, el poeta no encontró palabras.

sábado, 5 de octubre de 2013

Pétalos. Cuento

Mientras me ahogaba pensando en qué cuento podía subir esta semana, Tukis me ganó de mano y publicó en el muro de Alas Letras Pétalos… Listo, problema solucionado, me ahorró una sesión de terapia diciéndole a mi psicóloga que no puedo decidirme por qué cuento escoger porque no sé a qué edad mi mamá me sacó la teta.
Este cuento tiene una historia muy linda atrás. Pues con él, en el marco de la Semana del Escritor que celebraba la Municipalidad de La Ciudad de San Luis en junio de 2012 pude debutar como escritor en público, fecha que además coincidía con mi cumpleaños. Les agradezco a mis compañeros de Alas Letras por en tan importante fecha haberme permitido mostrar lo que hago.

La cocina del cuento
Esa historia surgió de un juego de palabras con mi esposa (entonces con nada de esposa y mucho de novia). ¿Una persona pedante, es aquella que sufre de gases? ¿Una  petulante es una persona que tiene pétalos? Esa noche me senté e inventé la historia sobre la mujer petulante. 
Dedicado a mi amiga Sofía Rojo, de New Italy Town, Córdoba city.



Pétalos

            Ella era petulante, no en el sentido de la pedantería (para eso estaba yo), sino que deshojaba los pétalos de sus amantes en un aburrido e insoportable me quiere/no me quiere, aún, sabiendo que los pétalos de las personas son número par.
            De ella me gustaba su perfume, perfume a flores, perfume del que ella renegaba, perfume a amantes que se le habían marchitado.
            Cuando me arrancó el primer pétalo no dolió. Lo arrancó de la lengua, y éste salió con un te quiero. Jamás me habían arrancado uno… ni un te quiero.
El segundo lo arrancó días más tarde de la patilla. Todo hombre que haya usado patilla sabe cuánto duele un fuerte jalón de pelo en esa zona, supongo que por ese motivo salió tan violento el no te quiero.
La reconciliación llegó mediante un ramo de flores obsequiado, flores que por cierto usó para hacer bombones. Con ella aprendí eso, se pintan los pétalos con un almíbar aguachento y se los rocía con azúcar impalpable.
El tercer pétalo lo sacó accidentalmente mientras me quitaba pelusa del ombligo.
El siguiente se cayó sólo, fue en medio de una acalorada discusión. Se desprendió por culpa de un tal Newton.
La quería y la quería con locura, pero ella no podía contener esa voz interior que la llamaba a arrancarme de un pellizcón los pétalos. Al cabo de unos meses de relación comencé a usar sombrero para disimular una prominente alopecia foliada. Intenté frenar este proceso untándome en abono. Esto funcionó la primera semana pero desistí de ello por el desagradable olor que me dejaba, todos sabemos con qué se hacen estos productos. Probé tomando unas pastillas germinantes que tuvieron un placentero efecto afrodisíaco, pero al fin de cuentas los pétalos que ella me arrancaba no volvían a crecer.
Así continuamos juntos hasta que quedé con un solo pétalo, un último solitario y pobrecito pétalo, que por una de esas casualidades poéticas estaba ubicado justo en el lado izquierdo de mi pecho, encima del corazón. Estaba debilucho y amenazaba con caerse. Lo aseguré emparchándolo con cinta scotch. No quería no quererla más.
Me dediqué a tenerle las manos ocupadas, a regalarle tantos anillos para que los dedos pesados y torpes no pudieran acercarse hasta mi pecho.

¡Malditos joyeros! ¡Y malditos los espejos de las joyerías!
Mi amada miraba un juego de aros cuando ese joyero al que he jurado vendetta le ofreció probárselos frente a un espejo. Ella se contempló un largo rato, estudiándose, repasándose, haciendo un doctorado de sí misma. Pensé que los aros no le gustaban y propuse mirar otros anillos, todavía más grandes y pesados.
—¿Te has dado cuenta? —Me preguntó por fin—. ¿No me parezco a una flor?
—¡Sí, amor mío! La flor más bella. Tu piel tiene la suavidad de una magnolia en la mañana y el color de las flores del manzano, y tus ojos están hechos de hojas de arce en otoño.
Me sonrió y pasó los siguientes minutos confirmándose frente a su reflejo.
—No te quiero más —me anunció—. Yo misma tengo los pétalos, los aromas y los colores que necesito, me he dado cuenta. No es justo que te deshoje. —Me dijo y me abandonó para siempre.

…y este maldito pétalo traidor no se cae, no se marchita, no deja de quererla.