jueves, 7 de junio de 2018

Pingüino

Pequeño cuento que escribí, también a manera de homenaje, para mi pingüinísima amiga Peri.


Pingüino




No es fácil ser un pingüino, dijo Peri mientras revolvía el cubito de hielo en su café. Pregunté a qué se refería y explicó que la ciudad estaba construida por, y para, primates de clima cálido.

Nos conocíamos de toda la vida y solíamos juntarnos cada vez que se podía. Siempre se caracterizó por su vocabulario preciso, su análisis amplio y, sobre todo, por lo enriquecedor de sus silencios. A veces pasábamos fines de semana enteros jugando al Tetris en el family-game sin decirnos una palabra.
Estaba de licencia. Trabajaba en el poder judicial como taquígrafa, hasta que un tipo al que le habían quitado la custodia de los hijos se voló la cabeza en los pasillos. En el momento en que apretó el gatillo Peri estaba a su lado en la máquina expendedora de café. Su cara pintada de granate fue tapa de todos los diarios que dieron la noticia.
Desde entonces pasaba las mañanas pescando en el puerto. Mientras esperaba a que picase, jugaba a hacer figuras con un yoyó o completaba revistas de crucigramas. A veces, cuando el trabajo lo permitía, me acercaba hasta allí para hacerle compañía.
El primer síntoma de lo que estaba pasando me lo dio uno de esos sábados de family-game. Caminaba raro, como juntando las piernas, y había descolgado los cuadros. Cuando pregunté por una y otra cosa dijo que estaba paspada y en pleno proceso de redecorar.
El sábado siguiente nos reunimos en casa. A pesar del frío Peri llegó en mangas cortas. Para la cena llevó un congrio que pescó esa mañana.
Siguieron días en los que por distintas obligaciones y mandatos familiares no pudimos juntarnos. Mientras tanto no atendía los llamados. Pasados 10 días sin contacto me preocupé.
Estuve largo rato golpeando a su puerta hasta que por fin atendió. El interior de la casa era un témpano. Los aires acondicionados llevaban varios días encendidos. Se excusó que no había tenido ganas de ver a nadie y me invitó un café. Mientras lo preparaba pedí entrar al baño. Vi que había mudado su cuarto hasta allí y dormía en la bañera. Fue entonces que dijo eso de lo difícil que era ser un pingüino. Pensé que estaba delirando y que el encierro le había hecho mal. Le hice prometerme que vería urgente a un psicólogo, planeamos próximos campeonatos de Tetris para cuando estuviera bien, la acompañé hasta su baño/habitación, la dejé en su bañera/cama, y me despedí.
Una vez en la calle, trepé a un árbol y, balanceándome entre lianas, volví a casa.


miércoles, 6 de junio de 2018

Mi amiga Gina

Quise homenajear literariamente a una amiga literaria que se está por mudarse a tierras bávaras, que no puedo nombrar hasta que esté establecida allá —por ende la rebauticé Gina—, y me salió esto. Me divertí muchísimo escribiéndolo.


Mi amiga Gina





¡Por fin ha escrito Gina! Cuando se mudó a Alemania empezamos a perder el contacto hasta poner nuestro vínculo en el freezer. Hace unos días encontré en mi casilla un mensaje diciendo que estaba muy bien, que sus sueños por fin se estaban cumpliendo, y que me mandaba un regalo, que por favor pasara por el aeropuerto a retirarlo.

Iris insiste en cambiar la moto por un auto familiar. De a poco le voy dando la razón, sobre todo desde la llegada de Lolo, pero me resisto abandonar a mi fiel compañera. Con esto de la encomienda grande tuve que pedirle a Teo, el de la librería, que me prestara la furgoneta. Debo haberme metido mal por la Richieri, porque en pocos kilómetros me topé con dos peajes. El precio del estacionamiento en Ezeiza es absurdo. Casi quinientos pesos contra las monedas que me cobra un trapito en pleno microcentro porteño.

Nos conocimos en el taller de escritura creativa de Castillo. Éramos los más pichones de los concurrentes, y por eso nos hicimos amigos. Acababa de mudarme a Baires y su amistad hizo más amena la adaptación. Un día alguien llevó el primer libro de Stefanía Schulke —una escritora de nuestra edad y además muy bonita— y nos quemó la cabeza.  Cuando salió su segundo título elevamos nuestra admiración a idolatría, y a la autora a nivel Dios.

Entro al aeropuerto. Mucha policía por todos lados, tal vez esté llegando alguna comitiva presidencial. En la puerta de Arribos se agolpan familias a la espera del primo extranjero y mastodontes trajeados que parecen salidos de una película de Stallone con carteles de Mr Algo Wellcome, mientras que por el pasillo se arriman turistas de todos los tamaños y colores. Busco un cartel que indique dónde se retiran las encomiendas, pero rápidamente me olvido lo que pensaba distraído por los trajes entallados de las azafatas que desfilan con sus valijitas por el salón de entrada.

Por esa época Gina se casó con un tipo que había conocido tres semanas antes y se separó tres semanas después. Mientras tanto yo probaba suerte en distintas carreras y disfrutaba de la estabilidad laboral que me daba repartir pizzas con mi motito. En medio de eso publicamos un poemario en conjunto. La plaquette tuvo buena acogida. A Gina la invitaban a lecturas y eventos, y a mí simplemente me invitaban. Comí muchos sanguchitos gracias al talento de mi amiga.
Los suplementos culturales contaban que Schulke había sido premiada por el gobierno alemán y se mudaba a ese país.
Publicamos, también en conjunto, nuestro primer volumen de cuentos; volumen que a ella le valió la propuesta de un coloso editorial y a mí que me leyeran un cuento en la trasnoche de una FM.

Paseo por varias terminales sin que nadie me informe por dónde buscar.  En una pantalla de televisión veo que hay varios vuelos retrasados, y ruego que el que trae la encomienda no sea uno de esos. Entro al Free Shop, consulto el precio de un perfume, y la chica que atiende me explica dónde puedo retirar mi encomienda.

En esa época conocí a Iris y, aunque nos llevábamos para el culo, al poco tiempo alquilamos un monoambiente que se caía a pedazos y no tenía ventanas. Al menos una vez por semana Gina me tenía que alojar en su sillón.
Un día, mientras planeábamos futuras cosas que jamás habríamos de empezar, comentó qué quería irse a vivir a Alemania —dijo Alemania, como pudo haber dicho Turkmenistán, Suazilandia o Vanuatu—, que estaba cansada de la Argentina, que amaba el país pero no quería vivir en él. Hablamos sobre la imposibilidad del desarraigo en la era de las telecomunicaciones y los mapas satelitales, de las salchichas alemanas, de las blondas como Claudia Schiffer, y obvio: de Stefanía Schulke. Que apenas llegara tenía que mandarme una Schulke de regalo, que no importaba si escribía o no, que me gustaba ella. Comentó que si podía, mientras estuviera allá, tomaría un curso con la autora, y que de última arreglábamos: ella se quedaba con el talento y yo con su cuerpo. Nos quejamos un poco más del país y olvidamos el tema.
Tras la publicación en un sello grande y un premio otorgado por la misma editorial, en algunas entrevistas que dio Gina me mencionó como uno de los mejores autores de mi generación. Supe que se trataba de una generosa mentira, pero gracias a ella agoté una edición de 100 ejemplares de un libro de relatos.
Llegó la Feria Internacional del Libro. Una de las estrellas invitadas era Stefanía Schulke. A pesar de que Gina participaba en varias disertaciones y conferencias no conseguimos entradas.
Gina conoció a Mario, y casi de inmediato lo adopté también como amigo. Trabajaba como profesor de inglés en colegios privados de alta alcurnia, y como traductor de la editorial en la que publicaba ella. Así, las noches en que no discutía con Iris y dormía en casa, podía hospedar al echado Mario
Aprovechando la notoriedad adquirida, Gina tuvo la idea de que diéramos en una librería amiga un taller de escritura creativa. Repetíamos viejos ejercicios aprendidos de Castillo y también algunos otros que bajábamos de internet. La concurrencia era buena, y el porcentaje que me tocaba me permitió dejar la pizzería.
Iris quedó embarazada, y el mismo día en que le dieron el Nobel a un ruso sólo conocido por la academia nació Lolo. Y aunque sabíamos que proponer a alguien tan joven era una exageración, nos alegró saber que Schulke estuvo en la nómina del premio.
Posiblemente sí con Iris hubiéramos querido bautizar a Lolo, Gina y Mario habrían sido los padrinos.
Dejamos el monoambiente para mudarnos a un tres habitaciones a dos cuadras de ellos.

Llego. Una larga fila de personas espera a que un operativo policial los deje retirar sus envíos. Cuando veo el acordonado recuerdo a casos como las narcovalijas y pienso que la espera va a dar para largo. Intercambio sonrisas con un niño que, tomado de la mano de su madre, me saca la lengua.

Un domingo a la mañana Gina llegó sin aviso. En unas pesadas cajas traía su biblioteca completa. Me la estaba obsequiando. ¿El motivo? Esa misma tarde volaban rumbo a Frankfurt. Se iban por tiempo indeterminado. Mario continuaría sus traducciones vía internet, y ella buscaría algún trabajo part-time que le dejara espacio para estudiar el nuevo idioma y seguir escribiendo; se había propuesto ingresar al mercado español. Pensaba que podía hacerme cargo del taller y así estar más holgado con mi economía. La noticia era shockeante. Quise ofenderme por no haber estado al tanto de la planificación, pero mi razón me llevaba a convencerme de que ese giro brusco de timón era territorio exclusivo de la pareja, y me estaba vedado.
En el aeropuerto nadie lloró.

Que dos talleristas salieran premiados en certámenes internacionales incrementó la concurrencia, tanto que tuve que poner dos turnos diarios la semana completa.
Saqué una novela, que si bien fue reseñada en varios de los diarios más populares la crítica no tuvo ningún reparo en destruirla.
Nos manteníamos en contacto a través de mails. Casi nunca chateábamos. Mario contaba que la adaptación les resultaba sencilla, que el inglés les permitía moverse muy bien, y que estaba preocupado por el estado nervioso de Gina. Por su parte mi amiga contaba que se aburrían mucho, y que esas frustraciones se descargaban discutiendo por cualquier cosa, que no estaba pudiendo escribir, y que se planteaba seriamente abandonar las letras para dedicarse a algo que la ocupara todo el día. Le contaba de los pequeños progresos de Lolo, de las típicas discusiones con Iris, y de la inserción de algunos de nuestros talleristas en el mundillo editorial. Cuando alguno de nuestros pichones producía algo realmente bueno se lo enviaba como una forma de tenerla presente con el grupo, aunque muy rara vez les hacía una devolución.
De a poco la comunicación se fue espaciando hasta casi disolverse.
Fui invitado por primera vez a la Feria del Libro. Se trataba de un homenaje al gran Castillo. Se lo conté en un mail y no respondió.
Para el año siguiente volvieron a invitarme, esta vez para una disertación sobre talleres de escritura. Compartía mesa con varios autores de primera línea nacional. Tampoco contestó.
Para las fiestas recibí un mail suyo donde escuetamente me deseaba lo mejor para el año por venir, contaba que ya no escribía, y que había podido leer 2 libros de Schulke que salieron directamente en alemán. Le pregunté si había podido conocerla, pero no tuve respuesta.
Lolo empezó jardín y los padres tuvimos que dar charlas sobre nuestros oficios. Fui la estrella de la jornada: Un escritor brillando entre opacos abogados, médicos, empleados públicos y comerciantes. Para la ocasión improvisé una historia de dragones, superhéroes y princesas. Al llegar a casa lo conté en un mail sin esperanza de que me contestara. Pero un texto desde la casilla de Gina rezó: Qué bueno. Lolo debe estar enorme y hermoso. Cariños. G.
Con Iris perdimos un embarazo de 5 meses. Se nos desgarró el corazón. Le escribí en busca de palabras de consuelo y, como ya era costumbre, no respondió.
Pero hace unos días escribió. En el mail contaba que estuvo casi un año sin revisar el correo, pedía disculpas por la incomunicación, y contaba que había vuelto a escribir con una constancia casi obsesiva, y que esperaba pronto poder mostrarme algo de su producción; decía que en sociedades tan aburridas como las del primer mundo se extrañaba a los viejos amigos mucho más de lo habitual, que me quería tanto como siempre, y que acababa de despacharme una encomienda con un regalo que me iba a encantar, que la caja era muy grande y que por favor hoy pasara a retirarla del aeropuerto.

Varios canas entran y salen por una puerta lateral del despacho de encomiendas, uno habla por handy, mientras otros dos piden documentos en la fila y preguntan qué desea hacer cada uno de los que espera. Una señora se pone muy nerviosa, les grita ratis asesinos y trata de golpearlos con la cartera. Pienso ya está, ésta es la de la narcovalija. Los policías no intentan detenerla; por no sé qué cosa del protocolo policías masculinos no pueden detener a una civil femenina, y los tipos cobran hasta que aparece una oficial y con un abrazo inmoviliza a la señora ante la sonrisa cómplice de los testigos.

Mientras continúan pidiendo documentos, entrego el mío y en tono burlón le comento al cana cómo cobraron tus amigos, eh. Pero lejos de sonreír o molestarse, presta atención al nombre escrito en mi DNI. Abre grande los ojos, y antes de que pueda comprender qué pasa ya me tiene inmovilizado en el suelo. Es él, grita y varios policías me rodean apuntándome. Pregunto por qué me detienen y exijo ver a mi abogado —aunque jamás tuve uno—. Entre todos me levantan y me introducen en el despacho de las encomiendas. A un costado veo a varios uniformados tomando muestras de una enorme caja en la que reconozco el nombre de Gina. Mientras me precintan las manos y me exigen guardar silencio, estiro el cuello para ver en qué lío me ha metido mi amiga. En la caja descansa, frío y descerebrado, el precioso cuerpo de nuestra admirada Stefanía Schulke.

domingo, 20 de mayo de 2018

Reflexión y Gravedad

Les dejo un cuento que escribí para la revista Tren Insomne, y que fue publicado con la nota que me hicieron a principio de año.


Reflexión y Gravedad



...hay alguien que te necesita.
Falco - Jeanny

Cuando el Efecto Tequila sacudió al país, su resaca dejó a casi todos con el culo mirando al Norte. Los profesores nos pedían, antes de empezar sus clases, que les recordáramos a nuestros padres que la cuota se pagaba del 1 al 10. Los alumnos nos mirábamos ignorando a qué se referían. Después empezaron a pedirnos que reconsideráramos nuestra situación, que si nuestra economía no daba para pagar un colegio privado, no íbamos a ser menos dignos por ir a uno público, que así podíamos dejarle cupo a chicos que sí podían pagar. Con el correr de los meses varios pidieron el pase, pero nadie se sentó en los bancos que quedaron. Lo más bajo fue lo que hizo el pelado de Sociales, que avisó que quienes le adjuntaran el recibo de la cuota en el examen tendrían dos puntos extra. Si ese año no me llevé la materia fue gracias a que mis viejos estaban en el minúsculo grupo de los pagadores. Pronto los profesores empezaron a renunciar y en sus lugares llegaron estudiantes universitarios avanzados, alumnos hambrientos que aceptaron las horas por un tercio de su valor.
Así fue como a Física llegó Yeni, la profe más linda del mundo con sus 22 años a cuesta, rubia y con una nasal y sensual tonada mendocina. Era distinta a todos los profesores que conocíamos. Llegaba en bicicleta y escuchando walkman. Usaba jeans que, aunque sueltos, denotaban una colita de manzana que era la delicia de los pibes. Le gustaba enseñar y se empeñaba en que todos, aún los que ya habían decidido llevarse la materia, entendieran. Bajo la excusa de que la tiza le producía piel de gallina explicaba y desarrollaba los ejercicios en los cuadernos de los más vagos, obligándonos a entender Física por ser los anfitriones de los cuadernos. Nos encantaba que hiciera eso, ya que de tan cerca que se nos ponía podíamos sentirle su perfume dulzón y espiarle el escote a través de los botones abiertos de la camisa.
Una vez entró al aula y en su recorrida visual me encontró sentado en uno de los bancos del fondo escuchando música. Me quitó los auriculares, y en vez de retarme se los llevó a los oídos para intentar reconocer qué sonaba. Era un enganchado de Los Visitantes.
—¿Te gusta esta música? —Preguntó y se lo confirmé asintiendo con la cabeza—. Te voy a traer un casét con una banda mendocina que te va a encantar.
Le agradecí la intención y guardé el walkman.
Al recreo siguiente el Mono dijo que la profe lo había invitado a la casa.
—¡Callate! ¡Mentiroso! —Le dijimos a coro.
—¿Qué tiene? Dijo que era para ayudarme a levantar el promedio.

Al día siguiente contó que la había visitado, que ella lo esperaba con un camisón semitransparente, que él sacó su cuaderno, pero que le dijo que era muy mal alumno, que para qué perder tiempo estudiando si podían cojer, que sabía que le gustaba porque se había dado cuenta cómo la miraba, y que ahí nomás lo desvistió y empezaron a hacerlo en el comedor. Le pedimos detalles y el Mono los daba dosificándolos con maestría. Al menos hasta el próximo jueves fue nuestro héroe: la profe estaba re buena y además era gauchita; todos deseábamos su suerte.
Empezó la hora de Física. Yeni dictó ejercicios. Mientras los resolvíamos me miraba con insistencia. Tenía la esperanza que fuera para invitarme a su casa, pero no. De los 10 ejercicios, el único que los resolvió a todos correctamente fue el Mono.
Al terminar la clase se acercó y me dio un casét virgen. En su tapita decía en manuscrita Alcohol Etílico, y un corazón dibujado a un costado.
—Es mi banda favorita. Creo que te va a gustar.
—¡Gracias profe! Lo copio y se lo devuelvo.
—¡No! Es un regalo. Dejátelo.

Puse el casét y me eché en la cama. Alcohol Etílico sonaba lindo. Era una mezcla de la banda chilena Los Tres y la mexicana Maná con los Enanitos Verdes. Pero el hecho de que el casét me lo hubiera regalado una profe, nada menos que una profe joven que estaba re buena, hacía de esa banda una mejor que los Rolling. Pensaba en lo que había contado el Mono. Ahora no le creía nada. Era obvio que había visitado a la profe, sino no había forma de que un neandertal como él hubiera resuelto bien los ejercicios. Me gustaba imaginar que la profe Yeni fuera capaz de cojer con sus alumnos. Todavía era virgen y me pesaba demasiado, sobre todo a esa edad donde todos presumían de haberle visto la cara a Dios, e incluso haberle sugerido un lifting. Sonaba una canción que decía: eh pibe, cómo estás / cae la lluvia, te vas a mojar / y dónde están tus padres / en esta noche tan tarde. Me imaginaba a la profe, empapada por una lluvia torrencial recitándome eso, con su camisa mojada transparentándole las tetas y los pezones duros. Con sólo pensarlo así, fue cuestión de apenas pajearme un poco para terminar.

En el primer recreo el Pollo contó que la tarde anterior le había tocado a él, que cayó a que le explicara cómo resolver los problemas, pero que le contestó que Física sólo en el colegio, y que se bajara los pantalones, que se moría de ganas de chupársela, y comenzó a dar detalles de una aventura porno incomprobable. Cada acción que relataba buscaba la aprobación del Mono. No podíamos saber cuánto cojió o cuánto estudió hasta dentro de unos días que volviéramos a tener la materia y ver cómo resolvía los ejercicios. Al menos por unos días lo miramos con una desconfiada admiración.
El lunes antes de entrar al aula, Yeni preguntó si me había gustado el casét.
—Muchísimo —respondí—. La que más me gustó es Llueve —y para mis adentros pensaba en qué cara pondría si le dijera que me pajeé con esa canción pensando en ella.
—¡Es genial! ¡También es mi favorita! —Dijo y trató de entonar el estribillo—: Llueve, no lo puedo parar / lo que siento, no lo puedo parar.
Le sonreí y me pareció que el verde de sus ojos se asentaba en el marrón de los míos como queriendo dominarlos.
Durante la clase el Pollo falló unos ejercicios, pero ante la mención de la profe acordate lo que te dije, no podés mezclar papas con zapallos, terminó resolviéndolos bien.

Aunque aprobamos todos, mi examen estuvo muy flojo. Saqué un 8 y, obvio, no protesté.

Tuve ganas de devolverle el gesto musical. No sabía qué grabarle. Supuse que le gustaba el rock en castellano. Le hice un mezcladito con los mejores temas de Miguel Mateos. Como no tenía ningún casét de él, llamaba a la radio, pedía un tema pidiéndole al operador que no lo pisara, y una vez grabada la canción, repetía el proceso con otra emisora. Cuando en el lomo anoté el nombre del cantante, y aunque me parecía muy cursi, reemplacé la O por un corazón.
Le conté que le tenía un regalo. Yeni dijo que era un dulce y me dio un beso en la mejilla. Apenas leyó el nombre de Miguel Mateos dijo que lo amaba, que a ella le gustaban los morochos, pero que Miguel Mateos era el único rubio que le gustaba, que le encantaba su música y sus letras.

Supimos en esos días que Joselo y Ale también habían visitado a la profe. Joselo presumía de las generosidades de Yeni y de su adicción al sexo anal. Ninguno le creía. Pero Ale contaba que a él sólo le dio consulta, que le dio algunos conceptos y hasta que incluso le cebó mate durante el rato que estuvo. Esa versión sin ningún ornamento nos hacía sospechar que esta vez sí podía haber pasado algo.

Un jueves de Noviembre, apenas terminó su clase, Yeni dijo que aunque me iba muy bien en su materia y no necesitaba consulta, podía ir a conocer su casa cuando quisiera. Me gusta creer que lo del viernes a la noche fue idea suya, pero la verdad es que el día y el horario lo dije yo. Yeni primero dudó en aceptar, luego rió nerviosa y finalmente dijo que estaba bien, que fuera cenado y que sería apenas un rato.
Esa noche casi no pude dormir. Escuchaba una y otra vez el casét y el corazón me golpeteaba loco en las costillas. Pensaba en todo lo que habían dicho de ella y no creía nada, o no quería creer, pero debía hacerlo, sino la esperanza de mi debut sexual con la profe más linda del mundo era en vano. Para tratar de relajarme me eché varias pajas y en cada una Yeni fue la musa.
El viernes apenas si presté atención en clase. Sin contarles que esa noche el invitado era yo, interrogué una y otra vez al Mono, al Pollo y a Joselo sobre los detalles de sus encuentros con la profe, y estos repitieron una y otra vez sus historias, enriqueciéndolas en detalles, o a veces cambiando la secuencia de los hechos.
Durante la tarde me bañé varias veces y revolví el placar buscando la mejor combinación de pilchas. También mezclé varios perfumes y llegué, incluso, a echarme en las bolas. ¡Ardió más que la mierda! A medida que las horas pasaban el pecho me latía con más fuerza y me costaba respirar.
Quince minutos antes de la hora pactada salí de casa. Caminé las cuadras a paso lento, con todo el cuerpo tieso de ansiedad, apenas pudiendo flexionar las rodillas.
Llegué a la dirección anotada. La puerta de calle tenía un vidrio esmerilado. La luz dejaba ver una figura que esperaba en el interior. No toqué timbre. Preferí esperar. Pensé en salir corriendo, volver a casa y tirarme en un sillón a ver tele. Al cabo de un rato observándonos las deformadas siluetas a través del vidrio, la puerta se abrió. Yeni estaba muy bonita. Tenía el pelo recogido, los labios pintados de un rojo chillón y los ojos con una sombra que le enmarcaba su verde felino. Tenía un vestido suelto. Su rostro estaba incómodo. Sonreí y la saludé sin emitir sonido. Me hizo pasar. Su casa se trataba de un amplio monoambiente, posiblemente hubiera sido un viejo caserón transformado en varios y redituables departamentos. Tomé asiento y le pregunté si  tenía planeado salir. Negó con la cabeza y preguntó si yo tenía los mismos planes. También dije que no. Ya no quedaban dudas, se había arreglado así para mí. Quedamos observándonos en silencio, notando como la tensión sexual crecía con el sonido del reloj de pared como única banda de sonido.
—Usted es muy bonita, profe —le murmuré. La voz me salió aguda.
—Sos muy hermoso. ¿Por qué no naciste cinco años antes?
No sabía si esa pregunta esperaba respuesta, tampoco si Yeni esperaba a que diera el primer paso, o si la responsabilidad de hacerlo caía en ella por ser la mayor, la que más experiencia tenía.
Repasaba los detalles de la casa evitando mirarla a los ojos. Mi silencio le resultaba cómodo para sus incertidumbres. Tomé coraje, me levanté del asiento y busqué su boca para besarla, pero corrió la cara y el beso se estrelló en su mejilla con un sonoro chuic. Noté como su respiración era pesada y nerviosa. Tomó mi cara entre sus manos, tratando de mantenerme a unos pocos centímetros. Sus ojos escaneaban cada detalle mío, y los repasanba con la yema de un dedo. Sonrió. Vi como su expresión y su cuerpo se relajaban. De un mueble trajo un lápiz y varias hojas sueltas. Anotó unos ejercicios de cálculo de gravedad. Dijo que eran complicados, pero que esperaba mucho de mí, y que mientras los resolvía ella prepararía café. En algunas hojas reconocí la letra del Mono, la del Pollo, la de Ale, y la de Joselo.
Ciento veinte minutos más tarde, cuando hube resuelto diez ejercicios sin ningún error, nos despedimos hasta la semana siguiente. Volví a casa sin lamentarme de nada.
Ese lunes en el primer recreo yo también mentí, yo también conté cosas que no pasaron.
En Diciembre, cansada de que no le pagarán, Yeni renunció.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Nota para Anatomía Urbana

Le dejo una nota que me hicieron para Anatomía Urbana con motivo de la salida de mi libro "Historias e Histerias sobre cabellos más fuertes que yunta de bueyes".
Musas Femeninas Y Un Amor Profundo A Las Letras

Desde muy pequeño Juanci Laborda Claverie, tuvo contacto con los libros y la escritura. Esta presentado su primer libro, “Historias e Histerias” (sobre cabellos más fuertes que yuntas de bueyes) en el que ha trabajado no solo como escritor y editor, sino que lo imprimió de forma artesanal en la tranquilidad de su casa.
El arte es una forma que se expresa en todas las ramas, no puedo ser neutral cuando se trata de un artista gigante con todo el empuje del mundo, al que además considero mi amigo y un poco mi mentor, uno de los que más me ha empujado al mundo de la escritura, de la lectura, de la radio. Puedo decir de él, que desde pequeño le gusto la lectura, no obstante, con el paso de los años fue perfeccionando su técnica para escribir. El año 2018 lo encontró editando su primer libro, inspirado en la mujer, uno de sus motores en la vida. Pero este libro no solo tiene sus textos, sino una parte de todo lo que convierte en magia, con su fuerza, la que he visto mil veces aplicar, y esta vez no lo detuvo. Hizo todo en resumidas palabras: imprimir, corregir, encuadernar, un trabajo de hormiga que termino en un esfuerzo de una tirada de libros, como las madres esperan pacientemente un nacimiento. En Anatomía Urbana, un vistazo al escritor puntano en Ascenso.

Bueno con los números (cuento que aparece en su primer libro)
Es de noche y es un baile. Orlando está solo. Siempre está solo. No es que no tenga amigos, pero prefiere estar solo. Es de noche, es un baile y la rubia lo mira. Lo mira y le sonríe. Orlando sabe que es pintón, y sabe que normalmente le gusta a las chicas, y sabe que lo que a ellas más les gusta es que es cariñoso, pero la rubia no lo conoce y entonces no puede saber que es así; supone que lo mira y le sonríe porque es pintón, y ahora que mira a la rubia se da cuenta que está re buena, que es rubia natural, bien gringa, bien tana, y que es más alta que él, a Orlando no le jode que las minas sean altas, piensa que en la cama no se nota, pero sabe que ese dicho es sólo una muletilla, porque si las minas son muy altas, o muy bajitas, hay posiciones que no se pueden hacer. Finalmente Orlando se acerca a la rubia, no la encara, primero se pasea cerca suyo como haciéndose el interesante; si tuviera algún amigo podría disimular, pero ha venido solo, y en soledad es más difícil encarar a una mujer; encarar a una mujer le resulta fácil, pero encararla en un baile le es difícil, pero mientras él busca palabras es la rubia quien lo saluda, le dice algo que Orlando no escucha por la música alta, la mina lo toma del brazo y lo hace bailar; a Orlando no le gusta bailar, pero le gusta la rubia que lo hace bailar y entonces baila; y sucederá que aunque los detalles son importantes para Orlando, para quien escribe no, que los detalles queden en la intimidad de ellos, y sólo contaré que Orlando y la mina amanecieron juntos.( continua)
Este es uno de mis cuentos preferidos del libro, la verdad me intrigó y cuando comencé a leerlo me pareció visualizarlo como en una película con dos personajes que aparecieron por arte de magia en mi cabeza, y cuando lo termine regrese al inicio para volver a leerlo. No le faltaba nada, estaba todo: introducción, un buen nudo y el final como me gusta a mi rompiendo los esquemas. Llame de inmediato al autor para decirle: “Este es el cuento que más me gusta”. Ahora un poco sobre su opera prima.


¿Cómo fue el proceso para llegar a “Historia e histerias”?
Es un proceso largo tiene que ver con escribir distintos cuentos. Por ejemplo, el más viejo es “La mujer Frankenstein”, que fue una charla entre amigos, totalmente informal, sobre cómo sería nuestra mujer perfecta. Empezamos a decir: yo le pondría los ojos de tal ex novia, le pondría la figura de tal otra, la personalidad de fulana… y se me ocurrió el cuento. Tuvo muchas reversiones y finalmente la que está en el libro. Después hay, por ejemplo, un cuento que se llama “Las manos”, que es  una anécdota que escucho en los pasillos de un hospital que me pareció increíble. Cuando quise ver tenía un volumen importante de cuentos que tenían un hilo conductor que era el deseo hacia la mujer desde diferentes formas. Le pensé un título: “Historia e Histerias sobre cabellos más fuertes que yuntas de bueyes “, y después vino el proceso de publicación, de buscar cómo publicarlo, de cómo mostrarlo.
Todo lo que se escribe ¿se puede mostrar?
Que buena pregunta. No… creo que tenés algunos textos que surgen como ejercicios para ejercitar la muñeca, otros para sacar algo de veneno de adentro, otros una idea que cuando la pensamos parecía genial, y una vez escrita nos damos cuenta que no era buena. Muy pocas veces surge algo que es mostrable. Hay que escribir mucho, ser constante, para que salgan muchos de esos.
¿Cómo te fue con la corrección de este, o de cualquier otro escrito?
La corrección se dio en varias partes. La primera fue la de contenido, que se fue dando a través de mostrárselo amigos lectores, que sé que son muy criteriosos. A veces me dijeron “animal, cómo vas a contar esto así”, y tuve que suavizar las historias y contarlas de mejor manera. Después está la corrección sintáctica; que eso se va logrando a raíz de escribir mucho, de tomar talleres. Yo tengo dos formas de corregir: una es utilizar en la computadora los lectores loquendo. Cuando la computadora me lee, me doy cuenta cuando algo no suena bien.
La primera historia que se te ocurre ¿es parecida a la que termina en la corrección?
A veces sí , a veces no. Por ejemplo “La mujer Frankenstein”. Si te mostrara la primera versión es nada que ver a la que está en el libro. Por ejemplo otro cuento que me gusta mucho es “Las cuatro Verónicas”. La primera versión es del año 2014, y la última del 2016. Son bastante similares entre sí.
¿Cuál es el cuento que te gusta más de “Historias e histerias”?
Hay varios que me gustan mucho, pero particularmente, y modestia aparte, creo que el mejor es “Las cuatro Verónicas”. Estuve dudando si incluirlo o no en el libro porque era una extensión demasiado larga, y no sabía más adelante podía tirarlo como una novela. Finalmente lo tijeretié un poco para poder incluirlo como cuento.
Algún cuento…¿puede desembarcar en una novela?
Precisamente he pensado muchas veces en ese cuento transformarlo  en una novela, en incluirle esos pedazos que le recorté y engordarlo… incluso flasheé mientras lo escribía que hacían una película de la novela, y que uno de los personajes, la Verónica rubia era interpretada por la “China” Suárez.
¿Qué temáticas encontramos en “Historias e Histerias”?
Hay de todo un poco. Hay un hilo conductor que es el deseo hacia la mujer, pero podes encontrar desde una trama policial, un canto a las costumbres generacionales que teníamos de pibes como caer 20 amigos de colados a un cumpleaños con un tetra y una bandeja de sanguchitos, y otro tipo de tramas más enroscadas como “Las cuatro Verónicas”, y también un poco de humor como en el “El soltero más codiciado” o “Estampitas”.
¿Qué cosas son las que te inspiran a escribir?
La vida misma. Me gusta el relato realista. A veces robo historias de las cosas que pasan o que veo. Hay un cuento que se llama “Vamos a ver” que es una situación que presencié en unas vacaciones. Vacacionábamos con mi señora y en el balneario vimos a una parejita. Un pibe de unos 15 o 16 y una chica de su edad, muy llamativa por lo bonita. Él se notaba muy enamorado, pero ella fría, distante. Esa misma noche salgo de la cabaña a fumar -en esa época todavía fumaba- y me pongo a caminar por el bosquecito. Todo bien hasta que noto que, al fondo, bien en lo oscuro, hay una parejita dándose cariño. No pude con las ganas de ser malo. En silencio me arrimé hasta ellos y de golpe prendí el cigarrillo, tratando de que el chispazo del encendedor los ilumine y asustarlos. Pero cuando les busco los ojitos para reírme de sus caras de susto: los reconozco Ella era la chica linda que había visto esa tarde, pero el pibe no era su noviecito, sino el bañero, un chabón un poco más grande que ella. Juro que esa traición ajena me pegó re mal. Ese cuento es la venganza del noviecito, es en palabras del escritor testigo el por qué la novia era tan fría esa aquella tarde.
¿Qué representa la mujer para vos?
Un igual. En mi caso, como heterosexual, mi fuente de deseo e inspiración. No hago distinción entre hombre o mujer. Creo que hay dos cosas que inspiran mucho al humano, una es el miedo a la muerte y otra el deseo al ser amado.
¿A quién te gustaría que llegue este libro?
Hice algunos envíos a Buenos Aires a escritores que admiro mucho ,como Enrique Decarli, Maca Moraña o Daniel Frini. Ya lo tienen en mano. Estoy esperando que lo terminen y me hagan alguna devolución
¿Cómo se ve “Juanci escritor” dentro de 10 años?
¡Con menos canas y menos panza! (Risas). Me veo igual. A lo mejor con más cosas publicadas y con un proyecto editorial, que ya tengo entre manos, funcionando bien. ¡Dios quiera!.
¿Qué es lo que te han dejado los personajes?
No es que me han dejado, me han sacado. Todos los personajes tienen “alguito” de uno, o de algún ser cercano que quise reflejar. Del primero al último, tienen algo cotidiano que me gustaría ser o haber hecho…
Con Juanci somos amigos desde una juventud, casi que lo vi crecer y ahora veo a “Historia e Histerias” como un hijo que fue gestando y pariendo de a poco. Lo disfruté mucho, leí este libro en diferentes lugares para ver un gran escritor y la compañía de un amigo en todos lados: fue conmigo en colectivo, al parque, la montaña. Este libro se deja leer de manera amena, como se deja leer esa persona sensible que es el Juanci Laborda escritor, me despido con un pequeño cuento, con el permiso de su autor.


Jonás
El flaco Jonás se puso de novio y poco a poco empezó a alejarse de los amigos hasta literalmente desaparecer. La última vez que lo vimos nos presentó a la novia, una piba de unos veintitantos, estudiante de periodismo y que lo triplicaba en peso. Unas semanas más tarde nos interrogó la Policía para ver si conocíamos su paradero. Doña Beba, su madre, había denunciado la desaparición. Nunca lo encontraron.
Al cumplirse veinte años sin noticias del Flaco la Justicia lo declaró legalmente muerto. Entonces, familiares y amigos le celebramos un funeral simbólico. Allí estaba Doña Beba, que encorvada y arrugada caminaba con andador; su última novia conocida, que había continuado aumentando su volumen; y los muchachos, todos con más panza y menos pelo. Un cura amigo de la familia celebró la misa, el Chelo leyó un poema que improvisó para la ocasión, comimos unos sanguchitos de miga y después nos dispersamos. Y juro, lo juro por esta, que cuando despedí con un beso a la gordita, me pareció oír la voz de Jonás pidiendo auxilio desde alguna parte.


Si bien es un cuento casi gracioso es lo que puede percibir muchas veces en él, la creatividad, ahora trabaja de lleno en lo que será su próximo libro (cambiando un poco de rubro) que seguro verá la luz muy pronto, porque no hay nada que detenga a Juanci que está decidido a abrir su camino con su propia ley.
Nota: Marina Menseguez
Foto y video: Jesica Flandes

domingo, 1 de abril de 2018

Casi domingo a la madrugada

Este relato lo escribí en el marco del Día Internacional de la Mujer, pero por distintos motivos no estuvo listo para esa fecha —y probablemente todavía necesita varios retoques—.
Sólo los protagonistas saben cuánto hay de real, y cuando de ficción. Yo ya lo conté, y eso no hace que me sienta mejor.


Casi domingo a la madrugada

 


Hay cosas que hice algún tiempo atrás y me avergüenzan y por eso, cuando alguien me las recuerda en tono jocoso, finjo olvido; pero hay otras que no pude hacer por impotencia o por falta de entendimiento, y el tiempo se encarga de recordármelas de una forma cada día más incómoda. Cada noticia similar que sale en los medios —y últimamente son muchas—, se encargan de recordar que todo pasa, que el mundo sigue girando y que el humano continúa su involución porque yo no pude hacer.

Aquella vez perdí la noche charlando a una minita —porque a esa edad y en el boliche todas eran minitas— que después de mucho insistirle me regaló un NO rotundo. De pura calentura gasté la guita del taxi en cerveza, total cuando la noche terminaba siempre encontraba un auto que me tirara en el centro. Y cuando comenzó a clarear fue cuestión de minutos hasta que me crucé con esos cuatro conocidos, amigos de un amigo, chicos-bien, chicos de doble apellido, chicos que me saludaron re bien porque yo también tenía apellido tradicional. Les comenté mi problema de movilidad y me ofrecieron asiento en el auto, pero que antes de dejarme en destino tenían que pasar por algún lugar para cagarse a trompadas. En el viaje me excusé de participar en la pelea argumentando que era muy cagón. Contestaron que no había problema, que no hacía falta otro, que cuatro contra uno era más que suficiente. Reí y ellos rieron también. Pregunté qué hizo el tipo y dijeron que estuvo mirándolos mal toda la noche. Pregunté cómo es mirar mal. Rieron y reí también. Estacionaron y bajamos. Prendí un cigarrillo. Preferí mirar de lejos. Tres se escondieron detrás de un árbol y uno tocó el timbre. Apenas el tipo asomó le saltaron encima y lo rodearon. Lo reconocí. Se trataba del peluquero amigo de mi ex, esa que para olvidarla tuve que romper todas sus fotos y cartas; no me importaba que también le rompieran un amigo. Lo insultaban, empujaban y escupían. En sus caras no se veía el dejo de violencia que los hubiera llevado a pelear, sino el goce por provocar miedo en el pobre tipo. Si la cosa no pasó a mayores fue gracias a un patrullero que pasaba por ahí y que con su sirena dispersó a los cuatro chicos-bien. Arrancamos de nuevo. Comenté que había que ser muy macho para querer pegarle entre cuatro a un peluquero, y me contestaron que no opinará porque no sabía nada, que si no había peleado nunca era por cagón. Reí y se rieron. Dimos una vuelta por el centro. En la parada vimos a dos chicas esperando el colectivo. Se notaba que tenían unos cuantos años menos que nosotros. No eran lindas. Vestían faldas tan cortas que dejaban poco a la imaginación y usaban el típico flequillo desmechado distintivo de los barrios más pobres. Los amigos-bien de mi amigo-bien —ergo: esa noche también eran mis amigos— no dijeron nada. Bajaron del auto y las encararon como un cardumen de pirañas. También bajé, también quería darle una última oportunidad a la noche. Todo bien muchachos, pensé, pero yo también quiero ponerla, y de seguro mi chamuyo es mejor que el de ustedes. Entre dos rodearon a cada chica, y con un lenguaje bastante cortito les halagaban la belleza. Punto para mí, volví a pensar. Les di un beso, les dije mi nombre, pregunté los suyos, y las invité a desayunar con nosotros a cualquier cafetería, ignorando el detalle que no tenía para pagar ni un vaso de agua. Agradecieron y dijeron que sólo querían esperar al colectivo para volver a sus casas. Pedí permiso para hacerles compañía mientras esperaban, y que si nos daban sus teléfonos las llamábamos durante la semana para ir al cine, pero no tuve respuesta. Los chicos-bien mostraban sus peores modales. A una le habían levantado la falda y, burlándose de la humillación que sentía, debatían si ese culo todavía era virgen; a la otra la atenazaban con movimientos pélvicos al unísono. Busqué sus miradas para decirles que la cortaran, que se ubicaran, que si seguían mandandose cagadas, esta noche no la ponía nadie. Una intentó zafarse del acoso e inmediatamente la disciplinaron con un empujón. ¡Che! ¡Basta! dije y uno me agarró de la remera invitándome a cruzar la calle. Si no te pinta andate a dormir, total ahora estás cerca de tu casa, pero no nos cagués la joda. Tartamudeando dije algo de las minas, un discurso que tenía más de repetición de lo aprendido de la abuela que de discurso justiciero, dije que yo, y que seguro ellos también, tenía una hermana, que no estaría bueno que a nuestras hermanas las tratasen así. Con pedagogía de salita amarilla me pidió que no sea pelotudo, que nuestras hermanas eran otro tipo de minas, que nuestras hermanas no esperarían el colectivo a la salida del boliche, que serían incapaces de usar la falda tan cortita y flequillo bailantero, que para garcharlas había que tener doble apellido, como nosotros, como ellas, que había que pasarlas a buscar con auto y llevarles una flor, sacarlas a cenar y después al cine, decirles cosas bonitas para endulzarles el oído, y recién ahí llevarlas al telo, que las de enfrente eran negritas, que con ellas los rituales de apareamiento eran diferentes, que ellas cojían con el macho alfa. Apareció el colectivo, las chicas hicieron el amague de levantar la mano pero al primer chistido de las pirañas lo dejaron pasar. Pedí que mirara las caras aterradas que tenían las minas, y pregunté si esas les parecían caras de querer garchar con ellos, y se me escapó un pelotudo. El sonido de ese insulto salido de mi boca hizo que los otros tres se me vinieran encima para insultarme, empujarme y escupirme, igual que como habían hecho un rato antes con el peluquero, pero a mí no vendría a salvarme ningún patrullero. Mientras trataba de encontrar alguna palabra que tranquilizara a los chicos-bien, miré enfrente esperando que las chicas huyeran, que se avivaran y rajaran; pero ese circo romano donde me tocaba hacer de la fiera sacrificada quedaba enfrente de su única vía de escape: la parada. Como pude me cubrí y soporté los primeros golpes en las costillas. En el momento oportuno empujé y tiré unos manotazos para hacerme camino en la huida.
Nunca supe cómo terminó esa madrugada.

Sí. Volví a cruzarme con esos tipos unas cuantas veces más en los boliches. Una noche se disculparon por los golpes, diciéndome que esa vez estaban muy chupados, y les mentí que estaba todo bien, que no había nada que perdonar, que jugando al fútbol tuve mil golpes más dolorosos que los que recibí esa madrugada… pero SÍ hay mucho para perdonar y mucho que no puedo perdonar, porque HOY, muchos años después, tengo una hija que se vestirá como ella quiera, y usará los peinados de moda de su tiempo. Aquella noche se ha vuelto cada día más latente y terrible, porque esa vez acosaron, toquetearon y humillaron a esas chicas que ya no me acuerdo cómo se llamaban, pero que pudieron haber tenido en nombre de mi hija, o el de mi hermana, o el de mi vieja, o el de Scarlett Johansson en Match Point, o llamarse Gilda como Rita Hayworth en la película homónima, o como Ginger Rogers en alguna con Fred Astaire, o Eva… o Lilith… o peor aún, llamarse: Alicia Muñiz, María Soledad Morales, Wanda Taddei, Ángeles Rawson, Melina Romero, Lucía Pérez, u como otras tantas que no tuvieron la suerte de que su nombre llegue a los medios; llamarse como tantas que, humilladas o resistiendo la humillación, dejaron este mundo.
Si por las infinitas posibilidades que da internet, alguna de las chicas que estuvieron aquella madrugada en la parada, alcanza a leer este relato, le pido infinitas disculpas por no haber sabido entender las cosas que avalaba en mi plan de Casanova de sábados, disculpas por no haber podido evitar que otros hicieran.


lunes, 5 de marzo de 2018

El Eguim (ver. 2017)

Este cuento fue escrito en 2008 y publicado ese mismo año en la antología anual del taller Alas Letras. En 2017 le hice unos toquecitos (lifting) para participar en la sección Cuentos Colgados del ciclo de lecturas De amor, locura y muerte, coordinado por la genia de Corina Vanda Materazzi. Espero que guste.



El Eguim

 
Nunca fuimos novios ni nada por el estilo, pero Lucrecia fue uno de esos romances de ocasión imposibles de olvidar. Romance de ocasión, que por cierto, se repitió indefinidamente a lo largo de los años. Nunca conseguimos una mínima regularidad que nos hubiera permitido darle un nombre a nuestra relación.
Me enloquecía esa mujer, no sólo por su cuerpo que aún conservaba sus formas adolescentes, sino por su personalidad alocada. En nuestra juventud mil veces le prometí dejar mis estudios de medicina para acompañarla en lo que ella quisiera. Nunca tomó mis propuestas, eso hubiera sido permitirme que la atara, ella era un espíritu muy libre, y yo… en fin, la palabra que me define es estructurado. Tantas otras veces le ofrecí, entre las sábanas de un telo, dejar a mi mujer por una vida con ella. Nunca aceptó. Nuestros encuentros se limitaron siempre al azar y a sus ganas; siempre estuve sediento de ella y siempre la esperé.
Con Lucrecia hice el amor en los lugares más absurdos: en la sala de terapia intensiva del hospital, en el baño de una sala velatoria o sumergidos en la fuente de la plaza, por nombrar sólo algunos. También recorrimos todos los telos de San Luis y algunos de Mendoza.
A lo largo de los años me planteé varias veces terminar con una relación que no tenía futuro, pero Lucrecia era indejable, sabía que seguramente pasarían un par de años y la próxima vez que nos encontráramos terminaría enredado en sus sábanas.
La última vez que estuvimos juntos fue en Mendoza. Habíamos ido un fin de semana a pasar una mini luna de miel. ¡Estaba tan bella! El sábado a la mañana recorrimos el centro. Lucrecia salió a pasear descalza, pese a mi insistencia no pude persuadirla de que se pusiera unos zapatos. Tenía ganas de regalarle un vestido o alguna joya, pero ella ignoraba cuanta vidriera yo le señalara. En cambio paraba en todos los puestos de flores y me pedía que le comprara alguna, y una a una, las iba depositando en sus cabellos. Caminamos por peatonal San Martín hasta el final, cuando nace la plaza Independencia. Ese día, allí, había una feria de gitanos donde vendían algunas chucherías, ropa, comida típica y entonaban canciones. Quise regresar al hotel, siempre había tenido una mala idea de esa gente, pero Lucrecia insistió para que paseáramos. ¿Cómo decirle que no? Nunca aprendí a decirle que no. Caminamos por los distintos puestos. Ella inspeccionaba alegremente cualquier objeto que allí se vendiera e interrogaba a los puesteros sobre las utilidades y costumbres de cada cosa. Me pidió que le comprara un rosario artesanal, un par de cacharritos de alfarería y hasta un diccionario de romaní que jamás abriría. Al final había un puesto de instrumentos musicales fabricados artesanalmente. Uno de los vendedores iba tomando cada pieza y les sacaba una melodía o bien se acompañaba con ellos para alguna canción. Disfrutábamos del espectáculo sentados en un banco de la plaza mientras comíamos unos bombones de uva. De repente Lucrecia insistió con que tenía que llevarme un instrumento, y como siempre no supe decirle que no. El puestero nos los fue enseñando uno a uno, y explicándonos su historia y su método de fabricación. Lucrecia quedó encantada con un sonajero de bronce llamado eguim. Medía unos veinte centímetros de largo y su parte circular estaba grabada con formas tribales. Según con contó el vendedor en su interior tenía una piedra pulida de la zona báltica, que era la que le brindaba esa sonoridad tan particular. No se trataba de un instrumento puramente gitano, sino letón, que se había introducido en esa cultura a través de las distintas migraciones que se produjeron durante la Primera Guerra Mundial. La tradición decía que el eguim tenía el poder de rememorar el sonido más bello de la vida de aquél que lo escuchara. A pesar de su precio excesivo, pagué lo que pedían por él y volvimos al hotel. Lucrecia me fastidió todo el camino de regreso haciendo sonar el sonajero en mi oído.
Al día siguiente volvimos a San Luis. Cuando nos despedimos, como ya era costumbre, no nos dijimos nada. Ambos sabíamos que era cuestión de tiempo hasta que nos volviéramos a cruzar, tal vez meses, quizás un año, dos; pero cuando nos encontráramos todo volvería a ser como siempre.

Ya han pasado doce años desde que nos vimos por última vez. Los primeros años no me preocupé, supuse que era cuestión hasta que el destino nos volviera a juntar en alguna esquina, pero los años siguientes la esperé con ansias y dolor; y aquel ruido metálico del eguim que tanto me fastidiaba hoy suena cada vez más parecido a la risa de Lucrecia.


martes, 20 de febrero de 2018

Claudita, la novia del Cadena

En junio de 2017 fuí convocado por Sergio Gaut vel Hartman para participar en la antología TODO EL MUNDO EN UN LIBRO. La misma reuniría a escritores de todo el planeta y los relatos no debían exceder las 300 palabras. Días atrás publicaron la selección de los cuentos seleccionados y el mío no había quedado (¡Cebollitas sub-campeón! ¡Cebollitas sub-campeón!). Igual, un placer enorme de haber podido mostrar lo que hago en un concurso donde participaron bocha de escritores que admiro, como el propio vel Hartman, Dani Frini -amigo personal-, o María Rosa Lojo. Muestro el texto escrito para la convocatoria. 

Claudita, la novia del Cadena

 

Me habían dicho que la mina más linda del baile era una tal Claudita, y que para colmo de bienes era encaradora. Pero tenía de novio —o ex que no terminaba de aceptar la ruptura— al Cadena Giménez, el capo de la barrabrava de Defensores. Contaban que el tipo se había encargado de mandar al hospital a todos y cada uno de los que se le habían arrimado a la Claudita. Incluso un primo mío había perdido dos dientes sólo porque al Cadena se le ocurrió que le había mirado el culo a la novia.

Cuando pensaba en qué buena suerte la mía, porque me había sacado a bailar la morocha más linda del mundo, un amigo se acercó y me comentó que esa que se movía sensual y pegadita a mí no era otra que la Claudita. Aterrorizado, pensando en las palabras que diría mi epitafio, corrí a esconderme al baño y no salí hasta que me avisaron que en el boliche no quedaba nadie. Al llegar a la esquina me lo crucé al Cadena Giménez que me estaba esperando, y apenas me reconoció empezó a golpearme con una llave inglesa.

Mi nombre pasó a integrar su lista de hospitalizados. Como autógrafo me dejó varios puntos en la cara y un brazo roto en cuatro. No le guardo rencor, ahora que la conocía pensaba que era fácil perder la cabeza por una mujer así, y creo que yo también habría hecho lo mismo con alguien que se hubiera encerrado toda la noche en el baño del boliche a hacer las cosas que hicimos con la Claudita.